La semana pasada sumé a mi kit de escobas, pinzas, matamoscas, aspiradores y otros objetos de limpieza y orden mental un par de recursos nuevos. Los he llevado guardados en el llavero de las llaves de mi carro todos estos días, pero conociendo mi mala memoria con las llaves y las páginas de los libros que marco y a los que nunca regreso, prefiero dejarlo por escrito. En realidad, he dejado de subrayar las buenas frases de los libros (todavía lo hago, pero con más mesura y con lápiz) porque me di cuenta que efectivamente el corazón recuerda lo que tiene que recordar, y lo que no recuerda, es porque en ese momento no lo necesita. Los mismos mensajes nos llegan una y otra vez a través de un libro, una persona o una ola de mar y cuando se quedan en nosotros es porque encajan con el vacío o la pregunta que llevamos dentro. En otras palabras, si estás leyendo esto, léelo sólo una vez. Si no se te queda, no importa. En algún cajón de la cabeza va a quedar guardado y ese cajón se abrirá cuando necesites las llaves para salir -o entrar a casa.
Ahí la primera herramienta nueva: la casa, el hogar. Esta me la robé de un libro de Osho que le pone forma a las ansias que tenemos de búsqueda: una casa, con puerta, ventanas, y techo (tal vez no fue tan específico- no tenía ventanas ni techo, pero me es inevitable darle el toque arquitectónico). No importa la casa, cómo es, de qué tamaño... basta decir que uno se siente en casa para entender la sensación de la que estoy hablando. Siempre caminamos en busca de esa sensación de estar en casa. Ese momento en el que llegas, te quitas los zapatos, puedes estar sólo, sin nada en la refri, se te malogró la tele, te quedaste sin batería en el celular y no alcanzas a colgarte de la red de wi-fi del vecino... nada de eso importa, porque te sientes bien donde estás y te bastas tú para sentirte pleno. Hablo de una sensación que todos hemos experimentado porque de lo contrario, no la buscaríamos. Es una sensación que trasciende de las cuatro paredes de la casa. Es el deseo natural de sentirte cómodo, con los demás pero sobre todo contigo mismo. En realidad, si no estás cómodo en tus zapatos, no te tienes en casa ni en tu propia casa. Lo interesante es observar cómo buscamos esa sencación de hogar. En situaciones ajenas, no es raro tener en una mano el trago, y en la otra el pucho... tal vez hablamos mucho por celular para no que no se nos vea solos... en casa, nos metemos al facebook. Siempre estamos buscando sentirnos cómodos con nosotros mismos. A veces, con uno u otro recurso (algunos más sanos que otros) entramos por ratitos a casa, aguaitamos, pero volvemos a salir sin recordar dónde dejamos la llave. Y así, nos pasamos la vida entrando y saliendo, por la ventana, el techo, por el huequito de la puerta...
La pregunta está en cómo lo logramos? Mejor aún, cómo nos quedamos en casa? Cómo la sacamos de la tierra para llevarla con nosotros?
Disculpen mi mala habilidad para explicar esto con palabras, pero es inexplicable con palabras.
Quien ha hecho yoga, meditación (son en realidad lo mismo), o quien para de vez en cuando a ver el mar o una flor en silencio, se ha llegado a conectar, aunque sea por segundos, con su propia casa. Cómo así? Porque siempre la llevamos dentro (si, en serio!). Lo que pasa es que a veces, se nos pierde la llave. Es más, creo que nunca sabemos bien dónde está la llave. Pero bueno, la buena noticia es que la de respuesto está metidita entre una inhalación, una exhalación, una mirada tranquila en un punto y tal vez, un om. Nosotros somos nuestra propia casa. Y la puerta hacia ella está dentro de nosotros mismos.
Hablé de herramientas... la primera es la llave de la casa.
La segunda, un nuevo diccionario.
Se han dado cuenta de todas las etiquetas que nos ponemos? Las serias son las más evidentes, pero en bromas, nosotros mismos nos condenamos, nos etiquetamos y anulamos la posiblidad de cambiar. Toda broma tiene mucho de cierto. Cuando yo digo que soy dispersa, un poco desordenada, o floja, en el fondo, y detrás de las risas, es porque realmente lo creo.
Una buena amiga, tal vez la gestora intelectual de muchas de las cosas que trato de explicar aquí, me hizo darme cuenta que para cambiar tenemos que cambiar de vocabulario. Las palabras resuenan en nosotros más de lo que creemos y su eco llega a otras personas que empiezan a mirar cosas en nosotros porque los hemos entrenado a verlas.
Uno puede ser flojo, o puede estar aprendiendo a manejar mejor su energía.
Uno puede ser disperso, o puede estar aprendiendo a organizarse.
Uno puede ser impaciente, o puede estar aprendiento aprendiendo a arriesgar más.
Ojo, uno nunca es tonto ni es inútil, sólo tal vez un poco ciego como para mirar al espejo.
Ahí los dejo con dos brochitas nuevas para ir sacando la tierrita que nos impide ser más libres.
Y un último dato que podría salvar cualquier momento solitario (perfecto para un domingo a las 5pm)... cuando cierras los ojos puedes escuchar mejor el latido de tu corazón. Si imaginas un poquito más de ese latido, puedes escuchar el latido de las personas que están cerca a ti. Si imaginas más allá de eso, puedes imaginar los latidos de los corazones de todo el mundo. Si vas aún más allá, imaginas los corazones de todos los seres en el universo. Y así, llegar al mar, al cielo, a montañas a Marte... y de repente, te das cuenta que hay algo que te conecta con todo.
Feliz día de la amistad.
Monday, February 14, 2011
Friday, February 4, 2011
ecuación del día

¨Depende... de qué depende... de según cómo se mire, todo depende.¨
-jarabe de palo
balance = flexibilidad + fuerza.
Fuerza para afrontar, para pararte rápido, para desprenderte, para dejar ir... Fuerza como intención, flecha, punto fijo.
Flexibilidad para aceptar que la vida es cambiante, los ánimos son cambiantes, somos energía viva que sube, baja, se convierte y se recicla. Flexibilidad para aceptar y sonreirle al viento.
Para cada acción, hay una reacción, y todo gesto de fuerza debería ir acompañado de mucha flexibilidad.
Para toda intención, atención.
Para toda meta, confianza.
Para todo recorrido, infinito.
Para todo barco, un mar.
Para todo mar, una orilla.
Para todo timón, shuffle.
Para toda relación, empatía.
Para toda certeza, una dosis de duda.
Para toda raíz, incontables hojas.
Para toda luz, oscuridad.
Para todo... om.
... y paciencia... una burbuja de paciencia.
Wednesday, February 2, 2011
tiempos
El reloj. tic tac.
Mi reloj. tictactictactictac.
El reloj de la ciudad. tiiiiquitaaaacaaatataaataaTAAAAA.
Una piedra al río, plach (o algo parecido).
La aguja del reloj de sonidos constantes, que generan eco, que aumentan, que aturden.
Una piedra y agua, sonido seco, que empieza de repente y se hace más y más chiquito.
No sé por qué últimamente me he puesto a pensar en el tiempo, o mejor dicho, en los tiempos -ya estoy convencida que hay más de uno. No busco redescubrir la pólvora ni desarrollar alguna teoría de la relatividad, pero después de un fin de semana fuera de Lima, muy fuera de Lima, estoy convencida que hay tiempos diferentes que se mueven de forma paralela.
Estuve en Calabaza, comunidad a dos horas de Satipo. Un día pareció una semana. Todo se movía más lento. YO, me movía más lento. Apareció mi chiquita preguntona llena de ¿por qué? y ¿por qué? pero, ¿y por qué? que quería entender qué estaba pasando físicamente para que el tiempo se alargara. Qué perdida de tiempo. Pensar, es una pérdida de tiempo. No le quito la utilidad, pero cuando se piensa, se deja de mirar, y en el mirar es en donde el tiempo saca la cabeza tímidamente.
Me di cuenta que lejos de la bulla de la ciudad, uno deja de perder el tiempo. Sí, digo perderlo, porque empieza a aprovecharlo de manera real, natural, tangible y poco ambiciosa. Es como si uno, y el tiempo, finalmente se hicieran cómplices en hacer los días más largos.
Mi día a día se mueve a una velocidad construida por mí misma. No creo ser la única. Somos nosotros los que ponemos el pie en el pedal, los que nos hacemos esclavos de las alarmas, los que llenamos la agenda de reuniones y retamos al reloj con nuestros pasos. Somos nosotros los que soñamos en días de 48 horas, siestas de día, noches en vela, y nos asusta quedarnos pegados mirando a la nada. Esa nada que lo es todo. La luna siempre sale de noche.
Sé que detrás de los 60 segundos, de los 60 minutos, de las 24 horas, de los 12 meses y de los 365 días del año hay una explicación científica, astrológica y completamente lógica. ¿Pero no sería más sencillo guiarnos por la pulsión de la naturaleza? ¿Sólo basta quedarte viento cómo se derrite una vela para entender un poquito del tiempo. Qué pena no haber guardado esa lección de años de apagones.
Todo esto podría sonar a un rollo hippie. A veces me gustaría serlo un poquito más y hacer origami con las hojas de mi agenda. Pero la realidad es que no uso una bata blanca y una cintilla alrededor de la frente. Mi reloj se levanta victorioso alrededor de mi muñeca. Es grande y naranja fosforescente, un pequeño monumento al tiempo tic tac. No suelo caminar sin zapatos y mis manos siempre estàn cargadas de demasiadas cosas como para proclamar un peace and love con los dedos. En realidad, no critico mis tiempos porque tengo que aceptar que muchas veces disfruto de la adrenalina de andar apurada, de hacer mil cosas a la vez y tachar las líneas en las listas de mi agenda. Sin embargo, salir de Lima siempre me hace regresar a la misma pregunta... ¿por cuál de las rajaduras del tiempo se nos va el tiempo?
Tuve mi reloj en la mano durante todo el viaje. Mis ojos lo miraron poco, porque habían árboles, había siempre un río como música de fondo, y muchas caídas de agua. Denominador común: la gravedad. Esa misma velocidad que nos jala a todos hacia el centro de la tierra.
Hemos creado un mundo de gravedad cero paralelo, en donde creemos mover nuestras cosas a nuestro propio ritmo. Tal vez la palabra no es propio, sino concertado. Un contrato que va en contra de nuestra naturaleza de esperar los frutos de una cosehca o la época de lluvia.
Cuando cae un papel de basura sobre el río, éste lo carga hasta que alguna piedra decide pararlo. Nunca he visto una mano gigante salir del agua y tirar ese papel lejos. El agua tiene demasiado ritmo como para romperlo por una insignificante imperfección.
Cuando una flor crece, se toma su tiempo. Cuando un árbol se marchita, lo hace de a pocos, y muy pocas veces hay vuelta atrás. Todos son procesos naturales marcados por una misma pulsión. Y nosotros, tenemos en esencia ese mismo ritmo, ese mismo tiempo que se pierde cada vez que dejamos de ver el poquito de verde que hay a nuestro costado. Sólo basta con quedarte pegado al mar para darte cuenta que en cuanto a tiempos, nos estamos equivocando. La mayoría de nuestro cuerpo es agua.
¿Por qué el apuro por hacer, por dejar de hacer, por crecer, por enamorarnos? En qué parte del cerebro está el tic tac tic tac... en el derecho o en el izquierdo? No importa, porque al final, todo siempre cae por su propio peso. Tendremos la manía de querer abrir el libro por la última página, pero en realidad, el final lo construye la gravedad con poca imaginación y mucha paciencia.
Este post hace honor al tiempo que se mantiene constante en el ir y venir de nuestros propios tiempos y le pide al tiempo que regrese tal y como es: lento, básico, constante, pensativo y sabio. Creo que se perdió entre los pasadores de alguno de los zapatos con los que quise caminar sobre el agua sin darme cuenta que realmente estaba haciendo es flotar y sin cinturón de seguridad. Hay una gran ironía detrás de nuestro afán por aprovechar un tiempo que finalmente perdemosm que se nos escurre por las manos y teclados...
Tal vez no hemos aprendido a mirar el mar lo suficiente. Tal vez, hay que dejar de jufar sapito con piedras que revbotan sobre el agua. l
Mi reloj. tictactictactictac.
El reloj de la ciudad. tiiiiquitaaaacaaatataaataaTAAAAA.
Una piedra al río, plach (o algo parecido).
La aguja del reloj de sonidos constantes, que generan eco, que aumentan, que aturden.
Una piedra y agua, sonido seco, que empieza de repente y se hace más y más chiquito.
No sé por qué últimamente me he puesto a pensar en el tiempo, o mejor dicho, en los tiempos -ya estoy convencida que hay más de uno. No busco redescubrir la pólvora ni desarrollar alguna teoría de la relatividad, pero después de un fin de semana fuera de Lima, muy fuera de Lima, estoy convencida que hay tiempos diferentes que se mueven de forma paralela.
Estuve en Calabaza, comunidad a dos horas de Satipo. Un día pareció una semana. Todo se movía más lento. YO, me movía más lento. Apareció mi chiquita preguntona llena de ¿por qué? y ¿por qué? pero, ¿y por qué? que quería entender qué estaba pasando físicamente para que el tiempo se alargara. Qué perdida de tiempo. Pensar, es una pérdida de tiempo. No le quito la utilidad, pero cuando se piensa, se deja de mirar, y en el mirar es en donde el tiempo saca la cabeza tímidamente.
Me di cuenta que lejos de la bulla de la ciudad, uno deja de perder el tiempo. Sí, digo perderlo, porque empieza a aprovecharlo de manera real, natural, tangible y poco ambiciosa. Es como si uno, y el tiempo, finalmente se hicieran cómplices en hacer los días más largos.
Mi día a día se mueve a una velocidad construida por mí misma. No creo ser la única. Somos nosotros los que ponemos el pie en el pedal, los que nos hacemos esclavos de las alarmas, los que llenamos la agenda de reuniones y retamos al reloj con nuestros pasos. Somos nosotros los que soñamos en días de 48 horas, siestas de día, noches en vela, y nos asusta quedarnos pegados mirando a la nada. Esa nada que lo es todo. La luna siempre sale de noche.
Sé que detrás de los 60 segundos, de los 60 minutos, de las 24 horas, de los 12 meses y de los 365 días del año hay una explicación científica, astrológica y completamente lógica. ¿Pero no sería más sencillo guiarnos por la pulsión de la naturaleza? ¿Sólo basta quedarte viento cómo se derrite una vela para entender un poquito del tiempo. Qué pena no haber guardado esa lección de años de apagones.
Todo esto podría sonar a un rollo hippie. A veces me gustaría serlo un poquito más y hacer origami con las hojas de mi agenda. Pero la realidad es que no uso una bata blanca y una cintilla alrededor de la frente. Mi reloj se levanta victorioso alrededor de mi muñeca. Es grande y naranja fosforescente, un pequeño monumento al tiempo tic tac. No suelo caminar sin zapatos y mis manos siempre estàn cargadas de demasiadas cosas como para proclamar un peace and love con los dedos. En realidad, no critico mis tiempos porque tengo que aceptar que muchas veces disfruto de la adrenalina de andar apurada, de hacer mil cosas a la vez y tachar las líneas en las listas de mi agenda. Sin embargo, salir de Lima siempre me hace regresar a la misma pregunta... ¿por cuál de las rajaduras del tiempo se nos va el tiempo?
Tuve mi reloj en la mano durante todo el viaje. Mis ojos lo miraron poco, porque habían árboles, había siempre un río como música de fondo, y muchas caídas de agua. Denominador común: la gravedad. Esa misma velocidad que nos jala a todos hacia el centro de la tierra.
Hemos creado un mundo de gravedad cero paralelo, en donde creemos mover nuestras cosas a nuestro propio ritmo. Tal vez la palabra no es propio, sino concertado. Un contrato que va en contra de nuestra naturaleza de esperar los frutos de una cosehca o la época de lluvia.
Cuando cae un papel de basura sobre el río, éste lo carga hasta que alguna piedra decide pararlo. Nunca he visto una mano gigante salir del agua y tirar ese papel lejos. El agua tiene demasiado ritmo como para romperlo por una insignificante imperfección.
Cuando una flor crece, se toma su tiempo. Cuando un árbol se marchita, lo hace de a pocos, y muy pocas veces hay vuelta atrás. Todos son procesos naturales marcados por una misma pulsión. Y nosotros, tenemos en esencia ese mismo ritmo, ese mismo tiempo que se pierde cada vez que dejamos de ver el poquito de verde que hay a nuestro costado. Sólo basta con quedarte pegado al mar para darte cuenta que en cuanto a tiempos, nos estamos equivocando. La mayoría de nuestro cuerpo es agua.
¿Por qué el apuro por hacer, por dejar de hacer, por crecer, por enamorarnos? En qué parte del cerebro está el tic tac tic tac... en el derecho o en el izquierdo? No importa, porque al final, todo siempre cae por su propio peso. Tendremos la manía de querer abrir el libro por la última página, pero en realidad, el final lo construye la gravedad con poca imaginación y mucha paciencia.
Este post hace honor al tiempo que se mantiene constante en el ir y venir de nuestros propios tiempos y le pide al tiempo que regrese tal y como es: lento, básico, constante, pensativo y sabio. Creo que se perdió entre los pasadores de alguno de los zapatos con los que quise caminar sobre el agua sin darme cuenta que realmente estaba haciendo es flotar y sin cinturón de seguridad. Hay una gran ironía detrás de nuestro afán por aprovechar un tiempo que finalmente perdemosm que se nos escurre por las manos y teclados...
Tal vez no hemos aprendido a mirar el mar lo suficiente. Tal vez, hay que dejar de jufar sapito con piedras que revbotan sobre el agua. l
Wednesday, January 26, 2011
rastros de jardín sobre el mat
No quiero entrar en discursos pro-yogis porque creo que los míos han perdido toda objetividad. No hace falta saber mucho de mí para saber que soluciono todo con el yoga, corrijo posturas, huesos, neuronas y corazones. Es indescirptible lo mucho que uno puede aprender sobre ese rectángulo de menos de dos metros cuadrados. Por 90 minutos, si realmente prestas atención, tu mundo se hace rectangular y por momentos puedes llegar a entenderlo... por segundos, tras ensayo y error, ensayo y error, tal vez puedas llegar a ajustar algunas tuercas.
Hoy fue un hecho simple lo que me dejó pensando. Y luego, la batalla fue dejar ir ese pensamiento para mantenerme conectada. Me alegra darme cuenta que no se me olvidó. Probablemente, era una buena idea y por lo tanto, es válida compartirla.
Estaba en una dandayanama bibaktapada paschimotanasada... en términos simples, piernas semi abiertas con la cabeza hacia el piso cogiendo los talones. El enfoque: un punto fijo en el suelo. Sólo un punto. Hacer la meta chiquita, enfocarte en el camino, no en el destino, respirar, y acercarte milímetro por milímetro. Sólo un punto fijo.
Pero apareció un pedacito de jardín. Lo miré, y regresé al punto fijo. Lo volví a mirar, y regresé al punto fijo. Como quien no hace nada significativo, lo cogí y lo tiré para el costado. Quien practica yoga seguido, es consciente de que esa es una distracción a la que le concediste tu meditación. Una mosca que no aguantaste sobre la nariz. Y seguí conversando con mi punto fijo.
Un par de posturas después, creí haber olvidado el pedacito de jardín sin destino claro. Al parecer, él, no me había olvidado a mí. En la postura del triángulo, cuando los ojos van hacia el cielo, noté un punto verde en la punda de mi dedo índice. Ahí estaba, interrumpiendo una vez más, mi punto fijo.
¿Hace sentido o soy yo la pastrula?
A veces, cuando le damos una concesión a una distracción, ésta, sin darnos cuenta, empieza a ocupar un lugar en nosotros, se nos pega, nos persigue, y se convierte en nuestra sombra. Es por eso importante tener los ojos bien abiertos, sobre todo a las cosas que te quitan tu paz. No importa si te la quitan, lo importante es aprender a verlas. Ese es el primer paso para intimidarlas.
Bendita la mosca que se te para en la nariz porque es una oportunidad para aprender a no distraerte o una excusa para hacerlo... el sí o no es secundario... lo importante es estar consciente que existen opciones.
Hoy fue un hecho simple lo que me dejó pensando. Y luego, la batalla fue dejar ir ese pensamiento para mantenerme conectada. Me alegra darme cuenta que no se me olvidó. Probablemente, era una buena idea y por lo tanto, es válida compartirla.
Estaba en una dandayanama bibaktapada paschimotanasada... en términos simples, piernas semi abiertas con la cabeza hacia el piso cogiendo los talones. El enfoque: un punto fijo en el suelo. Sólo un punto. Hacer la meta chiquita, enfocarte en el camino, no en el destino, respirar, y acercarte milímetro por milímetro. Sólo un punto fijo.
Pero apareció un pedacito de jardín. Lo miré, y regresé al punto fijo. Lo volví a mirar, y regresé al punto fijo. Como quien no hace nada significativo, lo cogí y lo tiré para el costado. Quien practica yoga seguido, es consciente de que esa es una distracción a la que le concediste tu meditación. Una mosca que no aguantaste sobre la nariz. Y seguí conversando con mi punto fijo.
Un par de posturas después, creí haber olvidado el pedacito de jardín sin destino claro. Al parecer, él, no me había olvidado a mí. En la postura del triángulo, cuando los ojos van hacia el cielo, noté un punto verde en la punda de mi dedo índice. Ahí estaba, interrumpiendo una vez más, mi punto fijo.
¿Hace sentido o soy yo la pastrula?
A veces, cuando le damos una concesión a una distracción, ésta, sin darnos cuenta, empieza a ocupar un lugar en nosotros, se nos pega, nos persigue, y se convierte en nuestra sombra. Es por eso importante tener los ojos bien abiertos, sobre todo a las cosas que te quitan tu paz. No importa si te la quitan, lo importante es aprender a verlas. Ese es el primer paso para intimidarlas.
Bendita la mosca que se te para en la nariz porque es una oportunidad para aprender a no distraerte o una excusa para hacerlo... el sí o no es secundario... lo importante es estar consciente que existen opciones.
Thursday, January 20, 2011
dos pies en una licuadora
Tantos mensajes, tanta sabiduría, tantas opiniones, tantas teorías....
tanta información que uno absorbe y suelta como esponja...
llegan momentos en los que no sabes bien qué es lo que te define. Pero me imagino que esos momentos son buenos por un tiempo. Hay etapas en las que simplemente es bueno escuchar, dejar que el viento sople, que te analicen y te aconsejen... como me dijo una amiga, cuando todo se pone muy turbulento tan sólo se trata de aferrarse a un buen árbol. Pero una sobre dosis de conocimientos no es una tragedia, ni mucho menos algo de lo que uno debe correr.... sin embargo, como todo, es bueno saber que al final, uno es su propio tronco. Hay que escuchar lo que tiene eco en el corazón, y lo demás, respetarlo y dejarlo ir... tal vez simplemente hasta otro momento. Hay que aceptar que todos tenemos ritmos diferentes de transformación y crecimiento. Si uno mira la naturaleza, vive en nuestro tiempo pero a su velocidad. Una velocidad tan sútil que parece estática... pero el mar se mueve, las plantas crecen cada segundo, las piedras respiran tan tranquilas sobre el suelo que parecen inertes... y así, ellas también a su ritmo evolucionan. A veces, sin darnos cuenta, entramos a una licuadora que nos envuelve, y nos lleva de arriba para abajo, oscilando desde lo más elemental hasta lo más complejo, desde lo más amarillo hasta lo más negro, desde lo más tangible a lo más intangible... en esos momentos, es bueno recordar que debajo nuestro hay dos pies y un ombligo que lo concentra todo. Cuando uno recuerda que uno mismo es su mejor referencia, no hay conocimiento ni discurso que te desvíe, porque todos te llevan hacia un mismo camino de libertad y paz.
tanta información que uno absorbe y suelta como esponja...
llegan momentos en los que no sabes bien qué es lo que te define. Pero me imagino que esos momentos son buenos por un tiempo. Hay etapas en las que simplemente es bueno escuchar, dejar que el viento sople, que te analicen y te aconsejen... como me dijo una amiga, cuando todo se pone muy turbulento tan sólo se trata de aferrarse a un buen árbol. Pero una sobre dosis de conocimientos no es una tragedia, ni mucho menos algo de lo que uno debe correr.... sin embargo, como todo, es bueno saber que al final, uno es su propio tronco. Hay que escuchar lo que tiene eco en el corazón, y lo demás, respetarlo y dejarlo ir... tal vez simplemente hasta otro momento. Hay que aceptar que todos tenemos ritmos diferentes de transformación y crecimiento. Si uno mira la naturaleza, vive en nuestro tiempo pero a su velocidad. Una velocidad tan sútil que parece estática... pero el mar se mueve, las plantas crecen cada segundo, las piedras respiran tan tranquilas sobre el suelo que parecen inertes... y así, ellas también a su ritmo evolucionan. A veces, sin darnos cuenta, entramos a una licuadora que nos envuelve, y nos lleva de arriba para abajo, oscilando desde lo más elemental hasta lo más complejo, desde lo más amarillo hasta lo más negro, desde lo más tangible a lo más intangible... en esos momentos, es bueno recordar que debajo nuestro hay dos pies y un ombligo que lo concentra todo. Cuando uno recuerda que uno mismo es su mejor referencia, no hay conocimiento ni discurso que te desvíe, porque todos te llevan hacia un mismo camino de libertad y paz.
Wednesday, January 12, 2011
deseos y ceguera
Escuché una frase en un video de Sri Sri Ravi Shankar, fundador del movimiento The Art Of Living, organización que expande la meditación por todo el mundo...
Sri Sri hablaba de los deseos, y usó una analogía que me pareció muy cierta. Siempre las palabras simples son las más sabias...
Los deseos, como arenillas en el ojo, que molestan cuando los ojos están cerrados y también abiertos. Están ahí todo el tiempo, perturbando la claridad de la mirada.
Los deseos y las expectativas son arenillas. Nos siguen cuando estamos despiertos y también cuando dormimos. Por eso es que a veces uno siente que nunca descansa, porque la mente, siempre está deseando lo que no tiene, está viendo lo que perdió, lo que todavía no consigue. Constituye un verdadero esfuerzo quedarte con los pies en el hoy y desear tan sólo poder disfrutarlo al máximo, con lo que viene, tomando todo como una oportunidad para dar gracias. Sobre todo las dificultades son oportunidades para crecer, y cuando dejamos de desear que las personas nos quieran o escuchen de la manera que nos gustaría, recién ahí, empezamos a quererlas tal y como son, y aprendemos a querernos tal y como somos.
Si contáramos los momentos en el día en los que no estamos deseando algo, ya sea un café, un par de zapatos, un viaje, otro trabajo, irnos a dormir, un amor, otra casa, otra cara, otra silla, otros amigos, otra familia, otro día, que sea el fin de semana.... cuántos minutos perdidos de días que se nos escurren por las manos sin ver ni la sombra de su cielo, su mar, sus sonidos y la gente que nos cruza por el frente.
Por otro lado, Sri Sri también habló de piedras grandes, de rocas que no entran en el ojo. Me imagino que se refirió a que nunca deberíamos dejar de pensar en grande siempre y cuando no quitemos los ojos del camino.
Si leiste esto hoy, o mañana, o cuando sea...
que tengas un bonito día.
Sri Sri hablaba de los deseos, y usó una analogía que me pareció muy cierta. Siempre las palabras simples son las más sabias...
Los deseos, como arenillas en el ojo, que molestan cuando los ojos están cerrados y también abiertos. Están ahí todo el tiempo, perturbando la claridad de la mirada.
Los deseos y las expectativas son arenillas. Nos siguen cuando estamos despiertos y también cuando dormimos. Por eso es que a veces uno siente que nunca descansa, porque la mente, siempre está deseando lo que no tiene, está viendo lo que perdió, lo que todavía no consigue. Constituye un verdadero esfuerzo quedarte con los pies en el hoy y desear tan sólo poder disfrutarlo al máximo, con lo que viene, tomando todo como una oportunidad para dar gracias. Sobre todo las dificultades son oportunidades para crecer, y cuando dejamos de desear que las personas nos quieran o escuchen de la manera que nos gustaría, recién ahí, empezamos a quererlas tal y como son, y aprendemos a querernos tal y como somos.
Si contáramos los momentos en el día en los que no estamos deseando algo, ya sea un café, un par de zapatos, un viaje, otro trabajo, irnos a dormir, un amor, otra casa, otra cara, otra silla, otros amigos, otra familia, otro día, que sea el fin de semana.... cuántos minutos perdidos de días que se nos escurren por las manos sin ver ni la sombra de su cielo, su mar, sus sonidos y la gente que nos cruza por el frente.
Por otro lado, Sri Sri también habló de piedras grandes, de rocas que no entran en el ojo. Me imagino que se refirió a que nunca deberíamos dejar de pensar en grande siempre y cuando no quitemos los ojos del camino.
Si leiste esto hoy, o mañana, o cuando sea...
que tengas un bonito día.
Sunday, January 2, 2011
receta para la resaca de año nuevo
No suelo tomar mucho, en parte porque estoy conciente de lo que hace con mi cuerpo, con mi cabeza, y con mi propia conciencia. Sin embargo, creo que -con ciertas moderaciones- es bueno vivirlo todo, y desequilibrar las ondas de vez en cuando para valorar aún más el balance. Otra de las razones por las que no me gusta tomar, es porque le tengo pavor a la resaca, y la poca costumbre de tomar es una puerta abierta a una terrible resaca. Lo que me disgusta y asusta no es tanto la física -el dolor de cabeza te lo quita un panadol- sino la emocional. Lo he conversado con otros, y no creo ser la única que en la tarde -la hora es crucial- del día post-juerga, hay una ola de melancolía que a uno le recorre los huesos. Es como si el cajón de soledad que todos llevamos dentro se abriera para soltar una música un tanto gris y desolada. Es un sentimiento que no sé si me gusta o no, que hasta cierto punto me acompaña y me tortura.
Ayer fue lindo descubrir la cura para la rescaca: estar acompañado. Tuve la suerte de recibir el año rodeada de gente muy linda, de personalidades muy diferentes que se mezclan y calibran como notas que forman una canción perfectamente disonante y divertida. Entre champagne, olas de mar, música no-tonerita, arena en los pies y un tabladillo de esteras, bailamos, bailamos y bailamos. Fue un año nuevo simple, sin rituales, grandes promesas y ni siquiera mucho amarillo. Creo que la mejor cábala de este año nuevo, para mí, fue redescubrir el valor de los nuevos amigos.
Hay muchas cosas que nos generan resaca. Hay momentos, sueños, fracasos, alegrías o simplemente esos días en los que los ánimos no están en su sitio. Como lo diriía un amigo publicista que habla con imágenes, hay días en los que al hamster le cuesta subirse a su ruedita, y que cuando lo hace, avanza lento y con pies pesados. El problema de esos días no es el sentimiento, sino lo que hacemos con él. Por lo menos yo tengo que aceptar que tiendo a aislarme. Es una mezcla entre el gusto por los momentos grises, las pocas ganas de molestar a otros y la flojera misma que viene incorporada a días como esos. Sin embargo, ayer fue bueno recordar que siempre habrá algún grupo de gente productora de conversaciones pop corn, silencios interrumpidos por algún comentario gracioso, o silencios en los que el eco de los pensmaientos propios no rebota tanto como cuando uno está solo.
Mi descubrimiento de año nuevo se convirtió en resolución amarilla. Si el anterior fue un año muy centrado en mi proceso personal, éste, buscará aprender de los demás, de trascender lo que hacen, para ver lo que son. Estamos rodeados de libros de autoayuda, novelas y cuentos fantásticos todos los días, pero pareciera que los dos ojos los tenemos hacia adentro la mayor parte del tiempo. Si tenemos dos ojos, y en realidad siempre miramos sólo por uno (intenten realmente ver con los dos ojos y van a ver qué es lo que digo) ¿por qué no mirar con un ojo la naturaleza humana que nos rodea, y por otro, el eco de sus vidas dentro de nosotros? Al final, lo que vemos es la proyección de lo que somos, y ver a otros, es vernos a nosotros mismos.
Este post va en nombre de todos aquellos amigos que dejé en la lista de mi inbox, que olvidé llamar en el día de su santo, a quienes he escrito cartas virtuales mientras manejo o simplemente a ellos que de repente aparecen en mi cabeza como una chispa y se esfuman sin saber que ahí estaban.
Bonitas las coincidencias del destino que justo llegó este fragmento a mi inbox enviado por un buen compinche:
" ..es la primera vez que conozco a alguien que busca a la gente y ve más allá de las apariencias. Puede parecer trivial, pero yo creo que sin embargo que es profundo. Nunca vemos más allá de nuestras certezas y, lo que es más grave todavía, hemos renunciado a conocer a la gente, nos limitamos a conocernos a nosotros mismos sin reconocernos en esos espejos permanentes¨.
Tal vez, este año, en vez de hacer una lista de las cosas que me gustaría cumplir o hacer, debería una lista de personas a las que quiero recuperar en mi vida. Es cierto que las personas aparecen en nuestras vidas por un motivo, y por otro, también se van. Sin embargo, eso no se opone a buscar y buscar y encontrar y recuperar a quienes queremos tener cerca. A veces, dejar las cosas en manos del destino, no es suficiente. Es como si el camino nos los pusieran alfrente, pero nosotros somos los que manejamos el carro y decidimos cuándo acelerar y bajar la velocidad, cuándo voltear a la derecha o la izquierda, cuándo parar a recoger a algún nuevo pasajero, o cuándo alterar la ruta para tocar el timbre de un buen amigo.
Ayer fue lindo descubrir la cura para la rescaca: estar acompañado. Tuve la suerte de recibir el año rodeada de gente muy linda, de personalidades muy diferentes que se mezclan y calibran como notas que forman una canción perfectamente disonante y divertida. Entre champagne, olas de mar, música no-tonerita, arena en los pies y un tabladillo de esteras, bailamos, bailamos y bailamos. Fue un año nuevo simple, sin rituales, grandes promesas y ni siquiera mucho amarillo. Creo que la mejor cábala de este año nuevo, para mí, fue redescubrir el valor de los nuevos amigos.
Hay muchas cosas que nos generan resaca. Hay momentos, sueños, fracasos, alegrías o simplemente esos días en los que los ánimos no están en su sitio. Como lo diriía un amigo publicista que habla con imágenes, hay días en los que al hamster le cuesta subirse a su ruedita, y que cuando lo hace, avanza lento y con pies pesados. El problema de esos días no es el sentimiento, sino lo que hacemos con él. Por lo menos yo tengo que aceptar que tiendo a aislarme. Es una mezcla entre el gusto por los momentos grises, las pocas ganas de molestar a otros y la flojera misma que viene incorporada a días como esos. Sin embargo, ayer fue bueno recordar que siempre habrá algún grupo de gente productora de conversaciones pop corn, silencios interrumpidos por algún comentario gracioso, o silencios en los que el eco de los pensmaientos propios no rebota tanto como cuando uno está solo.
Mi descubrimiento de año nuevo se convirtió en resolución amarilla. Si el anterior fue un año muy centrado en mi proceso personal, éste, buscará aprender de los demás, de trascender lo que hacen, para ver lo que son. Estamos rodeados de libros de autoayuda, novelas y cuentos fantásticos todos los días, pero pareciera que los dos ojos los tenemos hacia adentro la mayor parte del tiempo. Si tenemos dos ojos, y en realidad siempre miramos sólo por uno (intenten realmente ver con los dos ojos y van a ver qué es lo que digo) ¿por qué no mirar con un ojo la naturaleza humana que nos rodea, y por otro, el eco de sus vidas dentro de nosotros? Al final, lo que vemos es la proyección de lo que somos, y ver a otros, es vernos a nosotros mismos.
Este post va en nombre de todos aquellos amigos que dejé en la lista de mi inbox, que olvidé llamar en el día de su santo, a quienes he escrito cartas virtuales mientras manejo o simplemente a ellos que de repente aparecen en mi cabeza como una chispa y se esfuman sin saber que ahí estaban.
Bonitas las coincidencias del destino que justo llegó este fragmento a mi inbox enviado por un buen compinche:
" ..es la primera vez que conozco a alguien que busca a la gente y ve más allá de las apariencias. Puede parecer trivial, pero yo creo que sin embargo que es profundo. Nunca vemos más allá de nuestras certezas y, lo que es más grave todavía, hemos renunciado a conocer a la gente, nos limitamos a conocernos a nosotros mismos sin reconocernos en esos espejos permanentes¨.
Tal vez, este año, en vez de hacer una lista de las cosas que me gustaría cumplir o hacer, debería una lista de personas a las que quiero recuperar en mi vida. Es cierto que las personas aparecen en nuestras vidas por un motivo, y por otro, también se van. Sin embargo, eso no se opone a buscar y buscar y encontrar y recuperar a quienes queremos tener cerca. A veces, dejar las cosas en manos del destino, no es suficiente. Es como si el camino nos los pusieran alfrente, pero nosotros somos los que manejamos el carro y decidimos cuándo acelerar y bajar la velocidad, cuándo voltear a la derecha o la izquierda, cuándo parar a recoger a algún nuevo pasajero, o cuándo alterar la ruta para tocar el timbre de un buen amigo.
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