Creo que el gran problema es que siempre queremos controlarlo todo. Queremos controlar lo que sentimos, lo que hacemos, lo que otros hacen. Queremos que todo esté en su sitio en la casa, en el carro, en la oficina y en nuestra cabeza. Balance = control. Respuesta incorrecta.
En el yoga, el balance tiene 50% de fuerza y 50% de flexibilidad.
La fuerza es tal vez ese deseo del control. Es el impulso por hacer las cosas bien, por alcanzar algo, por llegar a la meta, por ponerle punche, por ordenar el closet una y otra vez, por escribir derecho. La fuerza como el punto fijo al que queremos ir. Pero el equilibrio no es sólo fuerza.
Flexibilidad: capacidad de estirarse... Una de las frases más típicas: yo no podría hacer yoga porque no soy nada flexible, no llego a tocarme ni los pies. Efectivamente, no eres flexible, pero no por tus pies, sino por el temor a enfrentarte a una situación desconocida.
La flexibilidad no se mide sólo a nivel muscular. No hablo de analogías o metáforas cuando comparo el comportamiento del cuerpo con el de la mente. Van de la mano. Los dos se mueven bajo el tic tac de la costumbre y bajo la sombra de hacer el ridículo.
Flexibilidad es no hacer para que alguna otra fuerza te jale. Es el dejarse llevar, el acomodarse al punto de entrar en una caja de fósforos. Es una reacción que no reconoce la incomodidad, sino tan sólo, las ocurrencias del destino. Es un enfoque positivo e inocente a lo que se te pasa por el frente. Es entrega pura.
Pero por alguna razón, cuando nos enseñan a nadar, nos enseñan a patalear antes de flotar. Estilo perrito antes de comprender que si te quedas quieto, el agua te levante y te deja a flote. Nos dieron flotadores para que no aprendiéramos la lección nunca.
El otro día, una chica en mi clase me dijo que le costaban mucho las posturas de balance. Ahí empecé a pensar en el tema. La observé y me di cuenta que le costaba mucho relajar los pies. Lo ví porque me cuesta relajar los pies, y mientras más trato de relajarlos, es peor. La mejor solución para relajar una parte del cuerpo es pensar en la existencialidad del mosquito.
El otro día hice yoga en la playa, sobre la arena. Ahí sí no te queda otra que no aprender a relajar los pies. Cuando se hace fuerza con los dedos de los pies, el equilibrio se hace imposible. La superficie se hace más chica. Tal vez el equilibrio tiene mucho que ver como acomodarte al suelo que pisas.
Balance como hacer y no hacer.
Como esfuerzo y abandono.
Como intención. Como no tomártela tan en serio.
Buscar balance es, en parte, pensar en otra cosa.
Sunday, May 1, 2011
Thursday, April 21, 2011
somos agua - pero cuál?
El 90% del cuerpo humano es agua.
La pregunta está en observar qué tipo de agua somos...
Hay agua en charcos que salpican por todo, que ante cualquier pisotón dejan ver su fondo.
Hay agua en piletas decorativas que mantienen un mismo tipo de agua circulando de arriba para abajo, con una bella monotonía que no respira vida.
Hay ríos que todo el tiempo fluyen, que chocan con troncos y botes y siguen fluyendo, con mayor o menor fuerza siguen fluyendo. Persistencia admirable, pero me pregunto si saben lo que significa parar, o si sólo esperan que algo muy grande los frene?
Hay piletas con superficies que cualquier pescado o piedrita puede alterar.
También hay agua que nos cae por los ojos. Agua de ríos, lagos, piletas, riachuelos...
Tal vez no haya contenedor más grande de agua que el océano. Es ahí donde desembocan todos los ríos, las lágrimas, los pescados, los barcos, los vientos... una gran masa de agua que lo carga todo, que lo aguanta todo, pero que siempre mantiene cierta estabilidad, siempre va y viene, siempre tiene fondo, siempre llega a una orilla y regresa a su centro... Es un tipo de agua que cuando realmente lo necesita explota, pero incluso esa explosión es lo que le permite mantenerse en paz la mayor parte del tiempo.
Hace semanas que me gusta mucho la idea del océano como un estado mental. En Autobiografía de un Yogi Paramahansa Yogananda llama al camino de la meditación como la búsqueda de una mente océanica. La respiración del que medita suena a mar.
La mente del que medita se convierte, aunque sea por un instante, en una mente océanica.
Si comprendemos que en realida esto no es sólo una metáfora (es una realidad que somos agua) podría tener aún más sentido el yoga, la conexiòn entre el cuerpo y la mente. En cuerpo tranquilo, mente tranquila, y en mente tranquila, uno se mantiene a flote y disfruta del paseo...
Ya me dio sed.
La pregunta está en observar qué tipo de agua somos...
Hay agua en charcos que salpican por todo, que ante cualquier pisotón dejan ver su fondo.
Hay agua en piletas decorativas que mantienen un mismo tipo de agua circulando de arriba para abajo, con una bella monotonía que no respira vida.
Hay ríos que todo el tiempo fluyen, que chocan con troncos y botes y siguen fluyendo, con mayor o menor fuerza siguen fluyendo. Persistencia admirable, pero me pregunto si saben lo que significa parar, o si sólo esperan que algo muy grande los frene?
Hay piletas con superficies que cualquier pescado o piedrita puede alterar.
También hay agua que nos cae por los ojos. Agua de ríos, lagos, piletas, riachuelos...
Tal vez no haya contenedor más grande de agua que el océano. Es ahí donde desembocan todos los ríos, las lágrimas, los pescados, los barcos, los vientos... una gran masa de agua que lo carga todo, que lo aguanta todo, pero que siempre mantiene cierta estabilidad, siempre va y viene, siempre tiene fondo, siempre llega a una orilla y regresa a su centro... Es un tipo de agua que cuando realmente lo necesita explota, pero incluso esa explosión es lo que le permite mantenerse en paz la mayor parte del tiempo.
Hace semanas que me gusta mucho la idea del océano como un estado mental. En Autobiografía de un Yogi Paramahansa Yogananda llama al camino de la meditación como la búsqueda de una mente océanica. La respiración del que medita suena a mar.
La mente del que medita se convierte, aunque sea por un instante, en una mente océanica.
Si comprendemos que en realida esto no es sólo una metáfora (es una realidad que somos agua) podría tener aún más sentido el yoga, la conexiòn entre el cuerpo y la mente. En cuerpo tranquilo, mente tranquila, y en mente tranquila, uno se mantiene a flote y disfruta del paseo...
Ya me dio sed.
Saturday, April 16, 2011
Lamentablemente la creatividad no nos viene programada con alarma. No tiene horas, es engreída, no le gusta la presión ni los momentos ideales para aparecer. Le encantan las servilletas, las bocinas de los carros, los retazos de tiempos y las noches largas. Viene por la puerta trasera, y tal vez decida irse en medio del brindis de honor. No le gustan los lápices recién tajados, la luz perfecta, la música tranquila ni el sonido de pájaros entrando por la ventana. Por lo menos, la mía, es tan incierta, pero a la vez tan tangible. Cuando entra por esa puerta, su presencia llena el cuarto y todo lo demás desaparece.
Frustra cuando uno espera una idea que nunca viene. Me imagino que es algo parecido al enamoramiento y la famosísima frase que dice que llega cuando uno menos lo espera. Sí, sí, como la mariposa que se posa sobre nuestros hombros, como lo que sucede cuando menos lo imaginas... Sin embargo, todos esperamos, amor, cretividad, y todo eso que aparece de manera sorpresiva. Resulta hasta gracioso sentarse a esperar lo inesperado. Pero lo hacemos... una y otra vez me sorprendo estática esperando que las cosas me sorprendan. Probablemente, mientras lo hago, hay todo un mundo de sorpresas afuera de mi ventana esperando a que salga.
Por eso, a veces, la mejor solución, es salir a caminar... sin rumbo, sin reloj, sin celular y tal vez con un lapicero en la mano. Las ideas las lleva uno en la cabeza. Es mejor mantener la bolsa ligera y con poca plata. Tal vez se puede llevar un cuadernito como cinturón de seguridad y las llaves de la casa por si es necesario regresar corriendo. Es esencial dejar las expectativas bajo la alfombra si es que no pueden barrerse de verdad.
Hora de una caminata. Y gracias al amigo que me hizo recordar que ésa es siempre una buena alternativa cuando la piel se encoge y sentimos que no podemos estirarnos de aquí hasta la luna.
Frustra cuando uno espera una idea que nunca viene. Me imagino que es algo parecido al enamoramiento y la famosísima frase que dice que llega cuando uno menos lo espera. Sí, sí, como la mariposa que se posa sobre nuestros hombros, como lo que sucede cuando menos lo imaginas... Sin embargo, todos esperamos, amor, cretividad, y todo eso que aparece de manera sorpresiva. Resulta hasta gracioso sentarse a esperar lo inesperado. Pero lo hacemos... una y otra vez me sorprendo estática esperando que las cosas me sorprendan. Probablemente, mientras lo hago, hay todo un mundo de sorpresas afuera de mi ventana esperando a que salga.
Por eso, a veces, la mejor solución, es salir a caminar... sin rumbo, sin reloj, sin celular y tal vez con un lapicero en la mano. Las ideas las lleva uno en la cabeza. Es mejor mantener la bolsa ligera y con poca plata. Tal vez se puede llevar un cuadernito como cinturón de seguridad y las llaves de la casa por si es necesario regresar corriendo. Es esencial dejar las expectativas bajo la alfombra si es que no pueden barrerse de verdad.
Hora de una caminata. Y gracias al amigo que me hizo recordar que ésa es siempre una buena alternativa cuando la piel se encoge y sentimos que no podemos estirarnos de aquí hasta la luna.
Monday, April 11, 2011
trabajo de hormiga
Acaso cuando nuestra casa está sucia, sacamos un trapito y limpiamos la casa del vecino? Podría funcionar si las acciones siempre fueran recíprocas. El famosísimo hoy por ti mañana por mí es llamado a la corte para someterlo a un serio interrogatorio. Posiblemente si alguna monja del villa leyera este post, me sugeriría alistar un sleeping bag para el purgatorio.
Yo recibo lo que le doy al otro. Yo lavo tu carro porque sé que lavarás el mío. Una idea importada a la que no le damos la vuelta.
Pero no sería más práctico que cada uno camine dentro de sus propios zapatos?
Varias veces he discutido con otros esta idea de encargarse de uno mismo. Siempre rebotan a la superficie palabras como empatía, solidaridad, autosuficiencia y el famosísimo e infaltable egoísmo. Cómo le gusta al egoísmo estar donde revientan los cuetes para llevarse toda la atención. El sombrero de egoísta sí que cuesta sacártelo de encima. Te hace bajar la cabeza y cargar las mochilas de otras personas mientras arrastras tu propia cartera. Ni qué decir del sentido de culpa.
Para mí, todo esto tiene cada vez más sentido, porque esto de sacar trapitos para limpiar las ventanas de los demás no fucniona del todo. Se me viene a la mente la imagen de esos niños en las esquinas que con una necedad impresionante te limpian la luna del carro a pesar de que les insistes que no tienes una sola moneda contigo. Me pregunto cuántas veces he hecho -y probablemente seguiré haciendo lo mismo. Es una costumbre completamente enraízada que no sé si quiero arrancar del todo. Sin embargo, es bueno reconocer cuándo uno sale corriendo por la puerta falsa en busca de un gracias y reconocimiento.
Un consejo pedido es otra cosa. Ayudar al que viene a buscarte no encaja entre estas líneas. Tampoco hablo de apatía e indiferencia, sino más bien de respeto hacia otros, de confiar en su capacidad de resolver sus vidas y de crecer en orden y con prioridades. Si vemos que otros pueden hacerlo solos, nosotros tambíén. De repente cada uno camina por su propio camino y nos saludamos mientras avanzamos. Desaparecen las metidas de cabe, los rompemuelles, los peajes que nos cobran y cobramos inconscientemente.
Definitivamente, la mejor manera de olvidarse de uno mismo es ayudar a los demás. Repartir consejos no pedidos por todos lados. Es eso caridad o escape? No se hace de manera conciente, pero muchas veces buscamos la buena acción que nos saque de nosotros mismos. La acción desinteresada no siempre tiene ese tono, pero muchas veces, la acción solidaria no es desinteresada, porque nos abre una puerta a dejar lo pendiente para más tarde.
Creo que para ayudar a los demás, uno tiene que comenzar por uno mismo. Si lo lleváramos a un punto extremo, si todos sacaramos nuestra propia basura, nuestro planeta interno estaría limpio. Sólo habría que renunciar a los agradecimientos y trabajar como una hormiga, en silencio.
Mejor dejo de hablar y sigo trabajando.
Yo recibo lo que le doy al otro. Yo lavo tu carro porque sé que lavarás el mío. Una idea importada a la que no le damos la vuelta.
Pero no sería más práctico que cada uno camine dentro de sus propios zapatos?
Varias veces he discutido con otros esta idea de encargarse de uno mismo. Siempre rebotan a la superficie palabras como empatía, solidaridad, autosuficiencia y el famosísimo e infaltable egoísmo. Cómo le gusta al egoísmo estar donde revientan los cuetes para llevarse toda la atención. El sombrero de egoísta sí que cuesta sacártelo de encima. Te hace bajar la cabeza y cargar las mochilas de otras personas mientras arrastras tu propia cartera. Ni qué decir del sentido de culpa.
Para mí, todo esto tiene cada vez más sentido, porque esto de sacar trapitos para limpiar las ventanas de los demás no fucniona del todo. Se me viene a la mente la imagen de esos niños en las esquinas que con una necedad impresionante te limpian la luna del carro a pesar de que les insistes que no tienes una sola moneda contigo. Me pregunto cuántas veces he hecho -y probablemente seguiré haciendo lo mismo. Es una costumbre completamente enraízada que no sé si quiero arrancar del todo. Sin embargo, es bueno reconocer cuándo uno sale corriendo por la puerta falsa en busca de un gracias y reconocimiento.
Un consejo pedido es otra cosa. Ayudar al que viene a buscarte no encaja entre estas líneas. Tampoco hablo de apatía e indiferencia, sino más bien de respeto hacia otros, de confiar en su capacidad de resolver sus vidas y de crecer en orden y con prioridades. Si vemos que otros pueden hacerlo solos, nosotros tambíén. De repente cada uno camina por su propio camino y nos saludamos mientras avanzamos. Desaparecen las metidas de cabe, los rompemuelles, los peajes que nos cobran y cobramos inconscientemente.
Definitivamente, la mejor manera de olvidarse de uno mismo es ayudar a los demás. Repartir consejos no pedidos por todos lados. Es eso caridad o escape? No se hace de manera conciente, pero muchas veces buscamos la buena acción que nos saque de nosotros mismos. La acción desinteresada no siempre tiene ese tono, pero muchas veces, la acción solidaria no es desinteresada, porque nos abre una puerta a dejar lo pendiente para más tarde.
Creo que para ayudar a los demás, uno tiene que comenzar por uno mismo. Si lo lleváramos a un punto extremo, si todos sacaramos nuestra propia basura, nuestro planeta interno estaría limpio. Sólo habría que renunciar a los agradecimientos y trabajar como una hormiga, en silencio.
Mejor dejo de hablar y sigo trabajando.
Thursday, March 31, 2011
burbujas
A falta de opiniones, empezaré a compartir frases que me despiertan algo. En realidad, todo ya está dicho, pero como todo pensamiento, las frases y las canciones regresan a uno en el momento indicado. Le doy gracias a un amigo muy especial por siempre estar mandando flechas de buena vibra.
Una estrofa de Caminante no hay Camino que reconoce el valor de lo chiquito, lo sutil, del silencio y los pasos que damos en complicidad con nosotros mismos.
¨Nunca perseguí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.¨
Las burbujas de jabón son efectivamente lindas. Las pobres pasan desapercibidas. Su redonda perfección no puede competir con la luminosidad de los espejos que oscurecen y simplifican la visión que tenemos de nosotros mismos. Probablemente, si miramos con atención, nuestro reflejo en una burbuja de jabón, esférico y con profundidad, con superficie e interior, nos da una visión mucho más clara de lo que realmente somos. Justamente por eso también flotan... como las ventanitas que de vez en cuando de abren para dejar que nos veamos, aunque sea por un instante.
Una estrofa de Caminante no hay Camino que reconoce el valor de lo chiquito, lo sutil, del silencio y los pasos que damos en complicidad con nosotros mismos.
¨Nunca perseguí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.¨
Las burbujas de jabón son efectivamente lindas. Las pobres pasan desapercibidas. Su redonda perfección no puede competir con la luminosidad de los espejos que oscurecen y simplifican la visión que tenemos de nosotros mismos. Probablemente, si miramos con atención, nuestro reflejo en una burbuja de jabón, esférico y con profundidad, con superficie e interior, nos da una visión mucho más clara de lo que realmente somos. Justamente por eso también flotan... como las ventanitas que de vez en cuando de abren para dejar que nos veamos, aunque sea por un instante.
Monday, March 28, 2011
final feliz... finalmente
(este post viene con soundtrack...
http://www.youtube.com/watch?v=RD3WwM6l1J0&feature=related)
Hoy fui a una clase de yoga que dictaba una buena amiga. Es de esas clases que siempre caen en el momento indicado. Al comenzar, habló del yo interior, de la vocecita, pero la del lado bueno. De hecho, los dibujos animados con el angelito y el diablo flotando al costado de la cabeza no están para nada lejos de la realidad.
Hoy, de repente, apoyada sobre dos brazos que se cansaban, sudando, en una postura no del todo fácil, me vi sonriendo. No riendo, sino sonriendo. Cada célula de mi cuerpo sonriendo.
Sigo sonriendo. No con la cara estirada. Esta vez la sonrisa viene de un poquito más adentro, de algun rincón escondido entre las costillas que merece un espacio entre estas líneas. Hoy sentí que se abrió algo, algo que no veía venir hace tiempo.
A veces me preguntan por qué tanto esfuerzo con el yoga, la meditación. Incluso yo cuestiono si paso demasiado tiempo tratando de entender mi cabeza. El proceso de entenderse a veces llega a convertirse en una chamba a tiempo completo. Es casi casi como la luz de un blackberry que no deja de sonar. Una radio que no se apaga. Una conversación interior, que observas, que controlas y te controla, que dejas ir y que te lleva, un ping pong entre presente, pasado y futuro constante, un columpio en el que te ves columpiarte desde afuera... creo que muchos deben saber a qué me refiero.
A veces tiras la toalla y sueltas un gran ya fue ya. Te preguntas, para qué me metí aquí? Confieso que a veces me gustaría andar como los personajes de Ensayo de la Ceguera de Saramago, a tropezones sin ver nada. Pero luego de un par de tropezones, te das cuenta que ésa no es la salida. A veces, es mejor tener una buena ventana por dónde mirar, que una puerta que no te lleva más lejos que al jardín de atrás, ése con olor a recuerdos de infancia y flores de plástico.
Hay momentos en los que el esfuerzo hace sentido. Pueden ser segundos, minutos, con suerte un día, y con años de chamba, o incluso vidas de chamba, me imagino que puede ser un estado de ser y vivir en paz.
Hoy se abrió esa ventanita que me hace recordar por qué el yoga, por qué la meditación, por qué el viaje interno. Era una ventana muy chiquita, cuadrada con un marco simple y en una pared blanca. Una ventanita que me hizo recordar que en esencia somos felicidad, somos amor, somos energía viva. Está ahí, y cuando sale, no depende de ninguna buena noticia ni un buen día. Va más allá de los hechos. Viene de adentro. Plenitud pura que no tiene ningún otro motivo que estar vivo.
Saber que esa esencia existe justifica la búsqueda en un 500%. Es como si en un segundo, la acción de estar tomara protagonismo: uno deja de estar contento, estar triste, estar arriba, estar abajo, estar flaco, estar gordo....
Uno simplemente disfruta el estar. Y no hablo del que tiene muebles.
De repente, a uno le llega la certeza que simplemente se puede estar y que eso es más que suficiente para ser feliz.
Se me viene a la cabeza una frase que siempre repetía Bikram:
¨Hay muchas ranas que nacen, crecen y mueren dentro de su charco, sin haberse dado cuenta que existía un océano.
http://www.youtube.com/watch?v=RD3WwM6l1J0&feature=related)
Hoy fui a una clase de yoga que dictaba una buena amiga. Es de esas clases que siempre caen en el momento indicado. Al comenzar, habló del yo interior, de la vocecita, pero la del lado bueno. De hecho, los dibujos animados con el angelito y el diablo flotando al costado de la cabeza no están para nada lejos de la realidad.
Hoy, de repente, apoyada sobre dos brazos que se cansaban, sudando, en una postura no del todo fácil, me vi sonriendo. No riendo, sino sonriendo. Cada célula de mi cuerpo sonriendo.
Sigo sonriendo. No con la cara estirada. Esta vez la sonrisa viene de un poquito más adentro, de algun rincón escondido entre las costillas que merece un espacio entre estas líneas. Hoy sentí que se abrió algo, algo que no veía venir hace tiempo.
A veces me preguntan por qué tanto esfuerzo con el yoga, la meditación. Incluso yo cuestiono si paso demasiado tiempo tratando de entender mi cabeza. El proceso de entenderse a veces llega a convertirse en una chamba a tiempo completo. Es casi casi como la luz de un blackberry que no deja de sonar. Una radio que no se apaga. Una conversación interior, que observas, que controlas y te controla, que dejas ir y que te lleva, un ping pong entre presente, pasado y futuro constante, un columpio en el que te ves columpiarte desde afuera... creo que muchos deben saber a qué me refiero.
A veces tiras la toalla y sueltas un gran ya fue ya. Te preguntas, para qué me metí aquí? Confieso que a veces me gustaría andar como los personajes de Ensayo de la Ceguera de Saramago, a tropezones sin ver nada. Pero luego de un par de tropezones, te das cuenta que ésa no es la salida. A veces, es mejor tener una buena ventana por dónde mirar, que una puerta que no te lleva más lejos que al jardín de atrás, ése con olor a recuerdos de infancia y flores de plástico.
Hay momentos en los que el esfuerzo hace sentido. Pueden ser segundos, minutos, con suerte un día, y con años de chamba, o incluso vidas de chamba, me imagino que puede ser un estado de ser y vivir en paz.
Hoy se abrió esa ventanita que me hace recordar por qué el yoga, por qué la meditación, por qué el viaje interno. Era una ventana muy chiquita, cuadrada con un marco simple y en una pared blanca. Una ventanita que me hizo recordar que en esencia somos felicidad, somos amor, somos energía viva. Está ahí, y cuando sale, no depende de ninguna buena noticia ni un buen día. Va más allá de los hechos. Viene de adentro. Plenitud pura que no tiene ningún otro motivo que estar vivo.
Saber que esa esencia existe justifica la búsqueda en un 500%. Es como si en un segundo, la acción de estar tomara protagonismo: uno deja de estar contento, estar triste, estar arriba, estar abajo, estar flaco, estar gordo....
Uno simplemente disfruta el estar. Y no hablo del que tiene muebles.
De repente, a uno le llega la certeza que simplemente se puede estar y que eso es más que suficiente para ser feliz.
Se me viene a la cabeza una frase que siempre repetía Bikram:
¨Hay muchas ranas que nacen, crecen y mueren dentro de su charco, sin haberse dado cuenta que existía un océano.
Tuesday, March 22, 2011
efecto tornado
Estuve el fin de semana en un seminario lindísimo sobre meditación. Sería demasiado ambicioso querer explicar lo vivido y compartido durante un fin de semana con otras 33 personas en líneas. Sólo puedo decir que fue especial, muy especial.
Me propuse la meta de ser más feliz, de meditar todos los días, de seguir haciendo el esfuerzo por dar mi 100% en todo y mantenerme presente. Pero la mente no se queda quieta cuando ve que corre el peligro de perder poder. Por lo menos la mía, se ha puesto zapatillas y ha salido a correr al costado de todas mis buenas intenciones.
Tengo un par de pensamientos que por más que trato, no puedo soltar. Los veo, los soplo, y regresan. Medito, los observo, y cuando creo que están en silencio, regresan y se me cuelgan de las orejas. Son pensamientos que se me agarran de la pierna, de la misma manera que los niños tienen la costumbre de agarrarse de tu pantalón para que no dejes de jugar con ellos. Son pensamientos chicle, pensamientos pelota de ping pong, pensamientos como esa arena que se mete en la cama y no te deja dormir. Bueno, por lo menos ya lo estoy tomando con mejor humor.. a ver si estos benditos pensamientos se pican un poco y se esconden debajo de la cortina.
Hoy cuando practicaba yoga la batalla era campal. Yo a un lado del ring, ese pensamiento hostigante al otro. Nos esquivábamos, nos veíamos a los ojos, nos tirábamos al piso, nos levantábamos, tomábamos agua y así seguíamos. Pasaban los minutos, y ni la victoria ni la derrota me generaban ningún tipo de tranquilidad. El resultado de cualquiera de las dos acciones era cansancio, mucho cansancio y ganas de salir corriendo a algún lugar donde el pensamiento no pudiera alcanzarme. Qué pena que los pensamientos no tienen cuerpo. Ahí sería más fácil escabuirse o verlos cuando están detrás de la cortina para no levantarla.
Pero en realidad, los pensamientos te siguen a todos lados. Hay muchas técnicas para dejarlos ir, para renunciar a ellos... La meditación es probablemente la más efectiva. También ayuda bailar o reventar burbujitas de bubble wrap. Alguna vez alguien me dijo que romper periódicos era bastante saludable. Yo opto por ordenar mi closet y doblar ropa.
Pero hablaba de la batalla de hoy.
De la batalla que se convirtió en baile cuando por un segundo de lucidez pensé en la imagen de un tornado. Un tornado que se lo lleva todo, que lo absorbe todo, que te levanta del piso a ti con tu casa y tu perro sin que puedas tener ningún control sobre su poder. No creo haber escuchado de nadie que haya intentado salir de un tornado. Incluso si uno cae en el medio de un remolino, recomiendan que te dejes llevar.
La resistencia frente a algo le da poder a ese algo. Te pone en posición de defensa, por lo tanto, de peligro, y por lo tanto, aparece la posiblidad de perder. EL baile, en cambio, es juego. Y un tornado o un remolino, una fuerza que te levanta, te samaquea y cuando se aburre, te bota.
Hoy le declaré la victoria a mi pensamiento. Le dije, ok, tú ganas, me rindo. Me dejé llevar por sus brazos, me hizo dar vueltas, subir, bajar, cerrar y abrir los ojos. Yo sólo observaba. Ya no había resistencia.
Es aburrido jugar solo.
Creo que pasó el tornado. Y nunca le pregunté su nombre.
Me propuse la meta de ser más feliz, de meditar todos los días, de seguir haciendo el esfuerzo por dar mi 100% en todo y mantenerme presente. Pero la mente no se queda quieta cuando ve que corre el peligro de perder poder. Por lo menos la mía, se ha puesto zapatillas y ha salido a correr al costado de todas mis buenas intenciones.
Tengo un par de pensamientos que por más que trato, no puedo soltar. Los veo, los soplo, y regresan. Medito, los observo, y cuando creo que están en silencio, regresan y se me cuelgan de las orejas. Son pensamientos que se me agarran de la pierna, de la misma manera que los niños tienen la costumbre de agarrarse de tu pantalón para que no dejes de jugar con ellos. Son pensamientos chicle, pensamientos pelota de ping pong, pensamientos como esa arena que se mete en la cama y no te deja dormir. Bueno, por lo menos ya lo estoy tomando con mejor humor.. a ver si estos benditos pensamientos se pican un poco y se esconden debajo de la cortina.
Hoy cuando practicaba yoga la batalla era campal. Yo a un lado del ring, ese pensamiento hostigante al otro. Nos esquivábamos, nos veíamos a los ojos, nos tirábamos al piso, nos levantábamos, tomábamos agua y así seguíamos. Pasaban los minutos, y ni la victoria ni la derrota me generaban ningún tipo de tranquilidad. El resultado de cualquiera de las dos acciones era cansancio, mucho cansancio y ganas de salir corriendo a algún lugar donde el pensamiento no pudiera alcanzarme. Qué pena que los pensamientos no tienen cuerpo. Ahí sería más fácil escabuirse o verlos cuando están detrás de la cortina para no levantarla.
Pero en realidad, los pensamientos te siguen a todos lados. Hay muchas técnicas para dejarlos ir, para renunciar a ellos... La meditación es probablemente la más efectiva. También ayuda bailar o reventar burbujitas de bubble wrap. Alguna vez alguien me dijo que romper periódicos era bastante saludable. Yo opto por ordenar mi closet y doblar ropa.
Pero hablaba de la batalla de hoy.
De la batalla que se convirtió en baile cuando por un segundo de lucidez pensé en la imagen de un tornado. Un tornado que se lo lleva todo, que lo absorbe todo, que te levanta del piso a ti con tu casa y tu perro sin que puedas tener ningún control sobre su poder. No creo haber escuchado de nadie que haya intentado salir de un tornado. Incluso si uno cae en el medio de un remolino, recomiendan que te dejes llevar.
La resistencia frente a algo le da poder a ese algo. Te pone en posición de defensa, por lo tanto, de peligro, y por lo tanto, aparece la posiblidad de perder. EL baile, en cambio, es juego. Y un tornado o un remolino, una fuerza que te levanta, te samaquea y cuando se aburre, te bota.
Hoy le declaré la victoria a mi pensamiento. Le dije, ok, tú ganas, me rindo. Me dejé llevar por sus brazos, me hizo dar vueltas, subir, bajar, cerrar y abrir los ojos. Yo sólo observaba. Ya no había resistencia.
Es aburrido jugar solo.
Creo que pasó el tornado. Y nunca le pregunté su nombre.
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