El jueves desperté con un dolor tonto en la parte de atrás de la costilla izquierda. Hice yoga de manera normal sin prestar mucha atención a la molestia. El viernes amaneció peor y me di cuenta que algo se había movido por ahí. La clásica pregunta - ¿paro o sigo estirando?
Los que me conocen seguro saben cuál fue mi respuesta. No dudé en seguir estirando. Cambié una práctica intensa por una suave, al 50%, pero seguí estirando. Decidí enfocarme en la forma y dejar la profundidad de lado por unos días. Sigo explorando.
Muchos podrían insistir que el cuerpo necesita un descanso para sanar. Estoy de acuerdo. Pero también estoy completamente convencida que el yoga es una práctica sanadora y que hay muchas lecciones detrás de las lesiones que uno deja de aprovechar por quedarse estático. Creo que la sanación en movimiento es un proceso del que uno aprende. La sanación en completo reposo es como esconder lo que no quieres ver debajo de la alfombra. Vuelve a salir. Bikram sostiene que "el dolor mata el dolor". Creo que es una frase que si se toma en cuenta CON CUIDADO, tiene mucho de cierto.
El viernes, el dolor estaba en la parte de atrás de la costilla izquierda. El sábado, se movió para adelante. Volví a hacer mi práctica de yoga el domingo y sentí el músculo medio contraído a la altura del corazón. Ayer seguía ahí, y hoy, con la ayuda del calor, siento que ya se va soltando. ¿O será que me acostumbré a vivir con la incomodidad?
(Vuelvo a insistir: esto no es una receta sobre como tratar una lesión. Sólo comparto una opinión, una reflexión y les cuento lo que un intercostal estirado puede traer consigo.)
Creo que detrás de las lesiones es mucho más fuerte la dosis de incomodidad que la de dolor. Es una sensación extraña adentro del cuerpo que no nos gusta tolerar, que genera impaciencia, frustración, hasta rabia e impotencia y que muchas veces etiquetamos de CUIDADO! NO TOCAR! antes de lo debido. Cuando algo incomoda lo natural es querer que se vaya rápido y la receta más conocida que nos han dado es es reposar, enyesar, tapar y esperar. Funciona, pero mirar con cuidado también es una herramienta efectiva.
Esta vez opté por sacar una lupa del bolsillo y estirar lo que me molesta. Me sigue fastidiando y mentiría si no dijera que me quejo con frecuencia. Pero sigo aprendiendo sobre mi cuerpo y sobre cómo uno puede acostumbrarse a situaciones distintas. De alguna forma, una lesión te ayuda a mirarte con más cuidado y a relacionarte con aquellos que realmente experimentan dolor en todo el cuerpo. Por un segundo imaginas un dolor como el tuyo por todo el cuerpo, por toda una vida, y nace un profundo gracias desde el fondo del corazón. Una lesión te enseña de compasión hacia ti y otros. (Lección #1)
Es mucho más difícil bajar la intensidad de lo que uno hace que parar del todo. Para el que siempre da su 100% o busca exigirse al límite, un 60% huele a tortura. Ahí está la lección #2.
Ver cómo la lesión se transforma resulta bastante interesante. Es como ver cómo el cuerpo sana de a poquitos, igual que el corazón. Las emociones se transforman todo el tiempo. De repente, una pena se disfraza de rabia, se pone el sombrero de orgullo, se esconde en el olvido y en menos de lo que uno cree regresa convertida en pena. Y así, finalmente, luego de su ciclo, se va. Lo que nos sucede es que muchas veces preferimos taponearlo todo y caminar por el mundo con una capa de superman hecha de papel toalla. Olvidamos que mirar hacia adentro puede ser mucho más fácil si tomamos las cosas con naturalidad y gratitud así se vean color hormiga.
Lo mismo debería pasar con una lesión. Y mientras da vueltas por el cuerpo, su visita puede dejar un buen recuerdo detrás de un mal sabor. Y cuando se va, no se ha ido, sólo se ha transformado en un músculo, un hueso o un tendón mucho más fuerte.
Al final, el cuerpo es sólo una esponja de las emociones, y éstas, un reflejo directo de cómo enfrenta nuestro cuerpo al clima de eventos que nos rodea a diario. Y en el medio se para la mente, a tratar de hacer travesuras para cortar ese hilo fino pero que nunca se rompe entre lo físico y lo emocional.
PD. Mis disculpas a los doctores.
Tuesday, January 17, 2012
Thursday, January 12, 2012
De Pesca al Presente
Resolví el acertijo entre el valor del proceso y el valor de la meta.
Estuve deambulando por la filosofía de vivir el momento, estar presente, disfrutar el proceso de arriba para abajo, de adentro hacia afuera, tratando de realmente ser y estar. Lograrlo es algo maravilloso. Qué mejor que liberarse de la noción estrecha de éxito como una meta alcanzada (el éxito está, para mí, en el disfrute de cualquier circunstancia, hasta la más adversa y la más incómoda - pero eso es tema para otro día).
Nos educan enfocándonos en alcanzar un cartón, un lugar alto, la cima de la montaña, "por ser alguien en esta sociedad", por no perder el tiempo en tonterías. Nos impulsan a sacarnos buenas notas, a brillar en deporte o pintar cosas bonitas sin salirnos de la raya. La lección del ensayo y el error pasa a un segundo plano opacada por la perfección al punto de habernos almidonado hasta los tobillos. (Por ejemplo, no deja de frustrarme la presión que ponen algunos padres en sus pobres hijos por hacerlos entrar el colegio de sus sueños, incluso intentando meter cuadrados en círculos y generando situaciones de stress en pequeños cuerpecitos que recién comienzan a caminar por el mundo - pero nuevamente, ése es otro tema que se escapa de angieland).
Todos los procesos que vivimos desde niños empiezan a desenfocarse en su intento de enfocarnos en un supuesto resultado que ignora que todo cambia cada segundo y que no contamos con más herramienta que nuestra flexibilidad para adaptarnos al tiempo. El problema de buscar un resultado o alcanzar una meta no está en la meta en sí, sino en que comenzamos a creer que el fin justifica los medios hasta llegar al punto en que nos conformamos con que nuestro trabajo aburrido nos ahogue y que la espalda nos duela porque podremos viajar, comprar un carro y vivir en un depa lindo. Ojo que no dije que nos conformamos con el trabajo - dije que nos conformamos con que el trabajo nos aburra. Ahí va el punto de este post.
Ya hace tiempo mucha gente comenzó a hablar de disfrutar el momento y de vivir en el ahora. Pero la realidad es que cuanto más lo intentas, más se te escapa de las manos. ¿O me equivoco? Lo veo al hacer yoga, al manejar, al comer, al leer un libro, al conversar con alguien o al trabajar frente a la computadora. La mente siempre busca escaparse a otro lugar. O mejor dicho, hay algo que la atrapa, que la saca del proceso. Algún pensamiento intrépido siempre consigue robarnos el presente. Y en ese instante, si uno anda en este viaje de comprender la conciencia y buscar orden, tiene la suerte de darse cuenta y de estirar al brazo para recuperar la atención antes de que termine en Júpiter. Y así logras, por un segundo, con suerte por un minuto, regresar a ESTE momento. Y SAS! otro pensamiento vuelve a desordenar la cadena de pensamientos y movimientos que te conducen en el proceso de leer, comer, respirar. Y así nos la pasamos con energía dispersa que sale disparada en todas las direcciones. Y así, nos quedamos como trompos girando sobre un mismo punto frustrados porque sentimos que por más esfuerzo que hagamos, siempre viene algún pensamiento a robarnos la partida. (PLOP).
En el libro FLOW, creo que encontré una puerta de escape, de regreso al presente, muy efectiva, simple, que concilia esa noción de llegar a una meta y disfrutar el presente. Las dos filosofías hippie y overachiever y comienzan a generar una vida mucho más placentera. La meta se viste de director de orquesta pero siempre mantiene las slaps y el short debajo del disfraz de pinguino. La música marca el ritmo pero puede cambiar de director en cualquier momento porque de repente, se cansó de ser salsa y optó por ser rap.
Pongamos las cosas más claras.
La complejidad de cualquier situación despierta nuestra atención, nos pone más alertas y nos enfoca. Eso está sicológicamente comprobado. Una dificultad sutil puede poner fácilmente nuestros pensamientos en orden para que nuestra energía camine en una dirección y no en veinte. Sólo basta pensar en cualquier ejemplo. Cuando estamos en una situación de repentino riesgo, todos lo demás desaparece. Si alguien te está siguiendo, ¿acaso se te ocurre responder al chat del blackberry? ¿O qué pasa cuando un perro se te cruza mientras manejas en la carretera? ¿No son las piedritas en nuestro camino las que nos hacen mirar el suelo y ver dónde pisamos? ¿Y cuando alguien te habla bajito, no acercas la oreja para prestarle más atención?
Es el reto lo que nos enfoca porque requiere un esfuerzo extra. Hay que salir de lo que sabemos que podemos hacer para hacer un poquito más. Y ese poquito más, ese esfuerzo, es lo que te conecta contigo y con lo que estás viviendo o haciendo. Por el otro lado, es el aburrimiento lo que genera un espacio donde la mente puede distraerse y salir a montar bicicleta y comprar chicles. Y así, algún pensamiento que te lleva a otro, y a otro, y a otro. Como no hay ningún esfuerzo físico la cadena de ideas se teje a velocidad de la luz y en piloto automático y en menos tiempo de lo que te diste cuenta terminaste en la Marina cuando querías irte a la Molina y estás triste en un día de sol.
En los últimos días he descubierto un cierto placer por retarme todo el tiempo como estrategia para estar presente. Juro que funciona. He disfrutado casi cinco días de tiempo libre sin sentirme inútil o inactiva. Sólo por adherir ese chip en mi cabeza de buscar el pequeño reto en lo que hago. Por siempre querer las cosas un poquito mejor. Sobre todo cuando veo que mi mente sale disparada, miro lo que estoy haciendo, y aumento la complejidad. Pueden ser cosas simples. Si camino, intento ponerme un tiempo para llegar. Si como, lo hago de manera más lenta. Si nado, trato de estirar mis brazos todo lo que puedo. Si hago yoga, no me muevo así me pase un tren por encima. Si escucho música, trato de prestar atención a los instrumentos. Si aguien me habla, lo miro a los ojos con atención. Ejemplos hay infinitos una vez que descubres la herramienta de generar tus propios retos y poner tus propias metas. Ojo que sólo valen las metas posibles que al ser cumplidas te dan satisfacción. No hablo de cartones sino más bien de buscar pequeñas victorias silenciosas.
Estas metas están muy lejos del cartón con marco y vidrio. Generan un placer en el proceso de alcanzarlas. Es como vivir dentro de un juego. Tú pones tus reglas y tú generas un sistema propio de retos y logros, pero sobre todo, de caminos que dejan de ser los mismos de todos los días. Al final, la meta deja de ser un punto de llegada estático o impuesto desde afuera y sólo permite una dirección. La comprendes como una estrategia para disfrutar el camino y por eso también deja de ser un peso en tus hombros. La meta que era el punto de partida se hace tan ligera que repentinamente la olvidas y te olvidas también de ti mismo y de tus rollos porque tu atención está en el comer, en el nadar, en el respirar. Qué importa si lo que querías era salir a comprar un chicle o cambiar el mundo.
Y cuando viene el desenfoque algún pensamiento zamarro, siempre puedes sacar otro hilo de pescar del bolsillo y lanzar el anzuelo hacia un nuevo reto. Y en esa dinámica, el trabajo se convierte en juego, los días se hacen de su tamaño real y las interacciones con los demás se hacen mucho más entretenidas.
Así que.. a pescar!
PD. BONUS. También ayuda auto ampayarse y reírse de uno mismo y su drama, su distracción o su locura.
Estuve deambulando por la filosofía de vivir el momento, estar presente, disfrutar el proceso de arriba para abajo, de adentro hacia afuera, tratando de realmente ser y estar. Lograrlo es algo maravilloso. Qué mejor que liberarse de la noción estrecha de éxito como una meta alcanzada (el éxito está, para mí, en el disfrute de cualquier circunstancia, hasta la más adversa y la más incómoda - pero eso es tema para otro día).
Nos educan enfocándonos en alcanzar un cartón, un lugar alto, la cima de la montaña, "por ser alguien en esta sociedad", por no perder el tiempo en tonterías. Nos impulsan a sacarnos buenas notas, a brillar en deporte o pintar cosas bonitas sin salirnos de la raya. La lección del ensayo y el error pasa a un segundo plano opacada por la perfección al punto de habernos almidonado hasta los tobillos. (Por ejemplo, no deja de frustrarme la presión que ponen algunos padres en sus pobres hijos por hacerlos entrar el colegio de sus sueños, incluso intentando meter cuadrados en círculos y generando situaciones de stress en pequeños cuerpecitos que recién comienzan a caminar por el mundo - pero nuevamente, ése es otro tema que se escapa de angieland).
Todos los procesos que vivimos desde niños empiezan a desenfocarse en su intento de enfocarnos en un supuesto resultado que ignora que todo cambia cada segundo y que no contamos con más herramienta que nuestra flexibilidad para adaptarnos al tiempo. El problema de buscar un resultado o alcanzar una meta no está en la meta en sí, sino en que comenzamos a creer que el fin justifica los medios hasta llegar al punto en que nos conformamos con que nuestro trabajo aburrido nos ahogue y que la espalda nos duela porque podremos viajar, comprar un carro y vivir en un depa lindo. Ojo que no dije que nos conformamos con el trabajo - dije que nos conformamos con que el trabajo nos aburra. Ahí va el punto de este post.
Ya hace tiempo mucha gente comenzó a hablar de disfrutar el momento y de vivir en el ahora. Pero la realidad es que cuanto más lo intentas, más se te escapa de las manos. ¿O me equivoco? Lo veo al hacer yoga, al manejar, al comer, al leer un libro, al conversar con alguien o al trabajar frente a la computadora. La mente siempre busca escaparse a otro lugar. O mejor dicho, hay algo que la atrapa, que la saca del proceso. Algún pensamiento intrépido siempre consigue robarnos el presente. Y en ese instante, si uno anda en este viaje de comprender la conciencia y buscar orden, tiene la suerte de darse cuenta y de estirar al brazo para recuperar la atención antes de que termine en Júpiter. Y así logras, por un segundo, con suerte por un minuto, regresar a ESTE momento. Y SAS! otro pensamiento vuelve a desordenar la cadena de pensamientos y movimientos que te conducen en el proceso de leer, comer, respirar. Y así nos la pasamos con energía dispersa que sale disparada en todas las direcciones. Y así, nos quedamos como trompos girando sobre un mismo punto frustrados porque sentimos que por más esfuerzo que hagamos, siempre viene algún pensamiento a robarnos la partida. (PLOP).
En el libro FLOW, creo que encontré una puerta de escape, de regreso al presente, muy efectiva, simple, que concilia esa noción de llegar a una meta y disfrutar el presente. Las dos filosofías hippie y overachiever y comienzan a generar una vida mucho más placentera. La meta se viste de director de orquesta pero siempre mantiene las slaps y el short debajo del disfraz de pinguino. La música marca el ritmo pero puede cambiar de director en cualquier momento porque de repente, se cansó de ser salsa y optó por ser rap.
Pongamos las cosas más claras.
La complejidad de cualquier situación despierta nuestra atención, nos pone más alertas y nos enfoca. Eso está sicológicamente comprobado. Una dificultad sutil puede poner fácilmente nuestros pensamientos en orden para que nuestra energía camine en una dirección y no en veinte. Sólo basta pensar en cualquier ejemplo. Cuando estamos en una situación de repentino riesgo, todos lo demás desaparece. Si alguien te está siguiendo, ¿acaso se te ocurre responder al chat del blackberry? ¿O qué pasa cuando un perro se te cruza mientras manejas en la carretera? ¿No son las piedritas en nuestro camino las que nos hacen mirar el suelo y ver dónde pisamos? ¿Y cuando alguien te habla bajito, no acercas la oreja para prestarle más atención?
Es el reto lo que nos enfoca porque requiere un esfuerzo extra. Hay que salir de lo que sabemos que podemos hacer para hacer un poquito más. Y ese poquito más, ese esfuerzo, es lo que te conecta contigo y con lo que estás viviendo o haciendo. Por el otro lado, es el aburrimiento lo que genera un espacio donde la mente puede distraerse y salir a montar bicicleta y comprar chicles. Y así, algún pensamiento que te lleva a otro, y a otro, y a otro. Como no hay ningún esfuerzo físico la cadena de ideas se teje a velocidad de la luz y en piloto automático y en menos tiempo de lo que te diste cuenta terminaste en la Marina cuando querías irte a la Molina y estás triste en un día de sol.
En los últimos días he descubierto un cierto placer por retarme todo el tiempo como estrategia para estar presente. Juro que funciona. He disfrutado casi cinco días de tiempo libre sin sentirme inútil o inactiva. Sólo por adherir ese chip en mi cabeza de buscar el pequeño reto en lo que hago. Por siempre querer las cosas un poquito mejor. Sobre todo cuando veo que mi mente sale disparada, miro lo que estoy haciendo, y aumento la complejidad. Pueden ser cosas simples. Si camino, intento ponerme un tiempo para llegar. Si como, lo hago de manera más lenta. Si nado, trato de estirar mis brazos todo lo que puedo. Si hago yoga, no me muevo así me pase un tren por encima. Si escucho música, trato de prestar atención a los instrumentos. Si aguien me habla, lo miro a los ojos con atención. Ejemplos hay infinitos una vez que descubres la herramienta de generar tus propios retos y poner tus propias metas. Ojo que sólo valen las metas posibles que al ser cumplidas te dan satisfacción. No hablo de cartones sino más bien de buscar pequeñas victorias silenciosas.
Estas metas están muy lejos del cartón con marco y vidrio. Generan un placer en el proceso de alcanzarlas. Es como vivir dentro de un juego. Tú pones tus reglas y tú generas un sistema propio de retos y logros, pero sobre todo, de caminos que dejan de ser los mismos de todos los días. Al final, la meta deja de ser un punto de llegada estático o impuesto desde afuera y sólo permite una dirección. La comprendes como una estrategia para disfrutar el camino y por eso también deja de ser un peso en tus hombros. La meta que era el punto de partida se hace tan ligera que repentinamente la olvidas y te olvidas también de ti mismo y de tus rollos porque tu atención está en el comer, en el nadar, en el respirar. Qué importa si lo que querías era salir a comprar un chicle o cambiar el mundo.
Y cuando viene el desenfoque algún pensamiento zamarro, siempre puedes sacar otro hilo de pescar del bolsillo y lanzar el anzuelo hacia un nuevo reto. Y en esa dinámica, el trabajo se convierte en juego, los días se hacen de su tamaño real y las interacciones con los demás se hacen mucho más entretenidas.
Así que.. a pescar!
PD. BONUS. También ayuda auto ampayarse y reírse de uno mismo y su drama, su distracción o su locura.
Sunday, January 8, 2012
Mini Dharmas
En un café barranquino, una muy buena amiga me dijo en palabras simples por qué creía ella que estaba en mi vida en este momento. No puse objeción alguna porque creo que tiene toda la razón. Me gustó mucho que me lo dijera, y en el intento de hacer lo mismo y de pensar en cuál era el motivo por el que yo había entrado en su vida me percaté que muy pocas veces había reflexionado sobre el rol que puedo cumplir en la vida de las personas con las que comparto mi tiempo. Uno siente, sospecha, intuye, pero cuándo realmente te sientas y te preguntas, ¿por qué yo estoy aquí con esta persona? ¿Qué tengo que aportar yo a esta relación? ¿Y por qué esta persona está aquí conmigo? (una buena pregunta para hacer, sobre todo, con las personas que nos pasan de vueltas - ahí están nuestros maestros)
Creo que hay algo gratificante -y también una dosis bonita de responsabilidad - en el darte cuenta que cumples una misión en la vida de otra persona. Descubrir o por lo menos especular sobre cuál es esa misión puede generar mucha calma a la sombra de estas preguntas existenciales que pesan mucho y parece prometen que llegarán algún día entre bombos y platillos, - qué hacer con mi vida, dónde estar, cuándo hacer, cuándo ser, cuándo empezar, cuándo terminar. Responderte una pregunta más simple pero de la misma familia te recuerda que sólo se puede tener cierto control sobre lo que se vive en el presente, y dentro de ese marco de tiempo, es la interacción con otras personas el espacio en donde podemos poner en práctica ese don especial, ese valor agregado único que tenemos dentro nuestro. Tal vez la respuesta esté en nuestras narices y nosotros andamos buscándola entre nubes. Tal vez no estamos aquí sólo por un propósito, sino son muchos los propósitos que vamos cumpliendo mientras tejemos y descosemos relaciones a lo largo de nuestras vidas.
Nos podemos pasar la vida entera explorando la gran pregunta de letras mayúsculas color neón sobre nuestro propósito en la vida. Unos le llaman dharma y hay muchas explicaciones sobre el significado exacto del término (Percy García acaba de dar un seminario sobre este tema en Limayoga - habrá que pedir los apuntes). Si no me equivoco, descubrir tu dharma es descubrir ese talento único dentro de ti que te da un espacio único en este planeta para cambiarlo y evolucionar. Descubrir tu dharma y practicarlo te da plenitud, te hace feliz porque sientes que tu vida tiene sentido. Una vida que no tiene un propósito claro avanza, pero no brilla, no alcanza su potencial máximo. Una vida sin dharma es como andar flotando medio a la deriva.
El concepto de dharma me suena maravilloso pero tengo que aceptar que me intimida un poco. Tal vez porque sólo distingo rasgos y garabatos de la razón por la que estoy aquí en este tiempo. Pero creo que podría conformarme con empezar a ver por qué entro en la vida de alguien y cómo puedo aportar a hacer su vida un poco mejor. Es tal vez desde ahí desde se va construyendo la escalera para subir a ese espacio entre las nubes donde aparecerá ese supuesto pergamino que te relata el por qué de tu vida.
A veces nos cuesta conformarnos con respuestas simples, misiones sutiles y creemos que las grandes preguntas vienen cargadas siempre de complicadas fórmulas para ser resueltas. Hemos visto demasiadas películas y conversado con muy pocos héroes vestidos como gente normal. Gracias Sil porque hoy me enseñaste a preguntar y en esa lección encontré una respuesta.
Creo que hay algo gratificante -y también una dosis bonita de responsabilidad - en el darte cuenta que cumples una misión en la vida de otra persona. Descubrir o por lo menos especular sobre cuál es esa misión puede generar mucha calma a la sombra de estas preguntas existenciales que pesan mucho y parece prometen que llegarán algún día entre bombos y platillos, - qué hacer con mi vida, dónde estar, cuándo hacer, cuándo ser, cuándo empezar, cuándo terminar. Responderte una pregunta más simple pero de la misma familia te recuerda que sólo se puede tener cierto control sobre lo que se vive en el presente, y dentro de ese marco de tiempo, es la interacción con otras personas el espacio en donde podemos poner en práctica ese don especial, ese valor agregado único que tenemos dentro nuestro. Tal vez la respuesta esté en nuestras narices y nosotros andamos buscándola entre nubes. Tal vez no estamos aquí sólo por un propósito, sino son muchos los propósitos que vamos cumpliendo mientras tejemos y descosemos relaciones a lo largo de nuestras vidas.
Nos podemos pasar la vida entera explorando la gran pregunta de letras mayúsculas color neón sobre nuestro propósito en la vida. Unos le llaman dharma y hay muchas explicaciones sobre el significado exacto del término (Percy García acaba de dar un seminario sobre este tema en Limayoga - habrá que pedir los apuntes). Si no me equivoco, descubrir tu dharma es descubrir ese talento único dentro de ti que te da un espacio único en este planeta para cambiarlo y evolucionar. Descubrir tu dharma y practicarlo te da plenitud, te hace feliz porque sientes que tu vida tiene sentido. Una vida que no tiene un propósito claro avanza, pero no brilla, no alcanza su potencial máximo. Una vida sin dharma es como andar flotando medio a la deriva.
El concepto de dharma me suena maravilloso pero tengo que aceptar que me intimida un poco. Tal vez porque sólo distingo rasgos y garabatos de la razón por la que estoy aquí en este tiempo. Pero creo que podría conformarme con empezar a ver por qué entro en la vida de alguien y cómo puedo aportar a hacer su vida un poco mejor. Es tal vez desde ahí desde se va construyendo la escalera para subir a ese espacio entre las nubes donde aparecerá ese supuesto pergamino que te relata el por qué de tu vida.
A veces nos cuesta conformarnos con respuestas simples, misiones sutiles y creemos que las grandes preguntas vienen cargadas siempre de complicadas fórmulas para ser resueltas. Hemos visto demasiadas películas y conversado con muy pocos héroes vestidos como gente normal. Gracias Sil porque hoy me enseñaste a preguntar y en esa lección encontré una respuesta.
Thursday, January 5, 2012
A fluir.. con gracia
El mismo libro del que hablé ayer sigue generando ecos muy bonitos que quiero compartir. Mihaly Csikszentmihalyi describe la experiencia de flujo con la experiencia que te llena a plenitud, que te sumerge en tu mundo, que te hace perder el sentido del tiempo, que te reta de manera posible, y esa posibilidad de alcanzar es lo que te da confianza en ti mismo y te hace más persona, más tú y más parte del mundo. Gozas tanto del proceso y del momento que la meta pasa a segundo plano porque lo único que importa, es tu esfuerzo y gozo en el momento presente.
Les dejo una cita del libro FLOW de una de las miles de personas entrevistadas para sustentar la investigación, y un video que explica mejor que cualquier palabra lo que significa fluir... y hacerlo con gracia. ¿Por qué no vivir así nuestro día a día? ¿Qué es lo que nos lo impide? Que sea un bonito día para fluir como un alpinista, un violinista, como uno mismo sabe hacerlo desde el fondo de su corazón.
Palabras de un escalador: "Es maravilloso estar cada vez más y más cerca de la autodisciplina. Haces que tu cuerpo trabaje y te duela todo. Entonces admiras tu propia personalidad, lo que has hecho, tu mente da un vuelco. Llegas al éxtasis, la autorrealización. Si ganas un número suficiente de batallas en la lucha contra ti mismo, por lo menos durante un momento llega a ser más fácil ganas las batallas en el mundo. - La batalla no es realmente contra la personalidad, sino contra la entropía (desorden) a la conciencia. Es realmente una batalla POR la personalidad; es una pugna para establecer control sobre la atención. La pugna no tiene que ser necesariamente física, como el alpinista, pero quien ha experimentado el flujo sabe que el dsifrute profundo que provoca requiere un grado igual de concentración disciplinada."
Video de Yoyo Ma FLUYENDO
http://www.youtube.com/watch?v=6U4a4jkoqo4&feature=related
"El disfrute está caracterizado por ese movimiento hacia adelante: por un movimiento de novedad, de realización."
Les dejo una cita del libro FLOW de una de las miles de personas entrevistadas para sustentar la investigación, y un video que explica mejor que cualquier palabra lo que significa fluir... y hacerlo con gracia. ¿Por qué no vivir así nuestro día a día? ¿Qué es lo que nos lo impide? Que sea un bonito día para fluir como un alpinista, un violinista, como uno mismo sabe hacerlo desde el fondo de su corazón.
Palabras de un escalador: "Es maravilloso estar cada vez más y más cerca de la autodisciplina. Haces que tu cuerpo trabaje y te duela todo. Entonces admiras tu propia personalidad, lo que has hecho, tu mente da un vuelco. Llegas al éxtasis, la autorrealización. Si ganas un número suficiente de batallas en la lucha contra ti mismo, por lo menos durante un momento llega a ser más fácil ganas las batallas en el mundo. - La batalla no es realmente contra la personalidad, sino contra la entropía (desorden) a la conciencia. Es realmente una batalla POR la personalidad; es una pugna para establecer control sobre la atención. La pugna no tiene que ser necesariamente física, como el alpinista, pero quien ha experimentado el flujo sabe que el dsifrute profundo que provoca requiere un grado igual de concentración disciplinada."
Video de Yoyo Ma FLUYENDO
http://www.youtube.com/watch?v=6U4a4jkoqo4&feature=related
"El disfrute está caracterizado por ese movimiento hacia adelante: por un movimiento de novedad, de realización."
Tuesday, January 3, 2012
Lecciones de una roncha
Ayer hablaba de maestros silenciosos y de desarrollar la capacidad de aprender de todo. Hoy, mientras practicaba yoga, de repente percibí una roncha. Una roncha durmiente que debió haber aparecido hace un par de días pero que decidió saltar a mis ojos hoy, durante mi práctica. Mis ojos le hicieron caso, le dieron una señal a mis manos, y comencé a rascarme. Una, dos, tres, mil veces en dos segundos. Felizmente una mano a mi costado me agarró el brazo y me hizo darme cuenta que un punto sobre mi piel había adquirido la fuerza de un elefante. Mientras más me rascaba, más me picaba y mientras más me picaba, más me quería seguir rascando. Pero me autoregañé, saqué algùn matamoscas que tenía guardado en mi cabeza y saqué a la roncha de Angieland. Ya se fue volando. Si sigue en mi pierna o no, es irrelevante.
De la roncha paso a un libro que comencé a leer hace unos días: FLUIR (Flow) de Mihaly Csikszentmihalyi - 100% recomendado. Habla de la psicología de la felicidad. El capítulo de hoy se complementó muy bien con las lecciones de la roncha.
El autor habla de la conciencia y le quita la pinta de lo esotérico que hace que la palabra nos espante. La explica como la capacidad de ponerle atención a algo y actuar en respuesta a ese estímulo. Lo que motiva de lo que dice, es que uno puede trabajar su conciencia para que no ésta pueda aprender a reaccionar de tal manera a lo que sucede, que la experiencia sea satisfactoria, feliz, simple, bonita.
Dos elementos de la conciencia (por lo que entendí) son la personalidad y la atención. La personalidad es el yo, quién soy, qué me interesa.
La atención es hacia dónde dirijo mi energía. Ese dónde está relacionado, nuevamente, a quien soy.
Si soy un artista, es probable que me llame la atención el arte. Si soy una víctima de la vida y del sufrimiento, es probable que sólo vea eso. Así, la calidad de la experiencia está determinada por este círculo entre atención y personalidad. Los dos se alimentan y se construyen juntos. Si somos las personas que somos, es porque nuestra cultura, nuestros recuerdos y nuestras experiencias han ido dirigiendo nuestra atención hacia ciertas cosas, y esa atención ha ido construyendo nuestra identidad. Somos el resultado de mirar puntos fijos una y otra vez. La pregunta es cuáles son esos puntos fijos, y si realmente son canales hacia la libertad o piedras en la mochila. Si una parte de nuestra personalidad podría ser genética, otra es resultado de nuestras decisiones. Sino miren a un niño cuando comienza a crecer y perfilar sus intereses. Al comienzo, le interesa todo y nada demasiado al mismo tiempo. No está condicionado y su atención no filtra. Sólo disfruta o llora cuando algo no le gusta. Pero de repente, le gusta más el azul que el verde, los aviones que los árboles... esa atención repetida puede convertir a un jardinero en piloto.
Si una roncha pudo cambiar mi experiencia de hacer yoga esta mañana, no es por su poder, es porque dirigí mi energía hacia ella. Mi atención la hizo perceptible. No tenemos la habilidad de percibirlo todo. Nuestra atención es selectiva. Detrás de nuestra mirada, siempre hay una decisión, y nuestra personalidad, determina nuestra mirada.
Suena a trabalenguas, pero en realidad es bastante simple. Si nos entrenamos a enfocarnos en lo positivo de las cosas, nuestra personalidad, nuestro yo, puede convertirse en alguien mucho más positivo. Podemos hacernos fuertes, más flexibles, más generosos, más agradecidos y más concientes si partimos de prestarle atención a qué le prestamos atención y si decidimos bloquear lo que no aporta a nuestra felicidad. Y si decidimos ser personas que quieren ser felices, nuestra atención se dirige hacia la felicidad.
Una vez más, un libro y una roncha regresan a la imagen de espirales ascendentes que ya postié varias veces en este blog. Mientras más explora uno estos temas, más descubre que todos los caminos llevan a Roma, y que un yogi puede haber descubierto lo mismo que un jugador de ajedrez si llegó a disfrutar de estar en el momento presente.
Si el enfoque nos puede abrir la puerta a ser más felices, el secreto está en trabajar día a día, hora a hora, roncha por roncha, hasta que los músculos de la mente aprendan a caminar hacia días con sol en piloto automático. Sin paciencia, estamos fritos.
De la roncha paso a un libro que comencé a leer hace unos días: FLUIR (Flow) de Mihaly Csikszentmihalyi - 100% recomendado. Habla de la psicología de la felicidad. El capítulo de hoy se complementó muy bien con las lecciones de la roncha.
El autor habla de la conciencia y le quita la pinta de lo esotérico que hace que la palabra nos espante. La explica como la capacidad de ponerle atención a algo y actuar en respuesta a ese estímulo. Lo que motiva de lo que dice, es que uno puede trabajar su conciencia para que no ésta pueda aprender a reaccionar de tal manera a lo que sucede, que la experiencia sea satisfactoria, feliz, simple, bonita.
Dos elementos de la conciencia (por lo que entendí) son la personalidad y la atención. La personalidad es el yo, quién soy, qué me interesa.
La atención es hacia dónde dirijo mi energía. Ese dónde está relacionado, nuevamente, a quien soy.
Si soy un artista, es probable que me llame la atención el arte. Si soy una víctima de la vida y del sufrimiento, es probable que sólo vea eso. Así, la calidad de la experiencia está determinada por este círculo entre atención y personalidad. Los dos se alimentan y se construyen juntos. Si somos las personas que somos, es porque nuestra cultura, nuestros recuerdos y nuestras experiencias han ido dirigiendo nuestra atención hacia ciertas cosas, y esa atención ha ido construyendo nuestra identidad. Somos el resultado de mirar puntos fijos una y otra vez. La pregunta es cuáles son esos puntos fijos, y si realmente son canales hacia la libertad o piedras en la mochila. Si una parte de nuestra personalidad podría ser genética, otra es resultado de nuestras decisiones. Sino miren a un niño cuando comienza a crecer y perfilar sus intereses. Al comienzo, le interesa todo y nada demasiado al mismo tiempo. No está condicionado y su atención no filtra. Sólo disfruta o llora cuando algo no le gusta. Pero de repente, le gusta más el azul que el verde, los aviones que los árboles... esa atención repetida puede convertir a un jardinero en piloto.
Si una roncha pudo cambiar mi experiencia de hacer yoga esta mañana, no es por su poder, es porque dirigí mi energía hacia ella. Mi atención la hizo perceptible. No tenemos la habilidad de percibirlo todo. Nuestra atención es selectiva. Detrás de nuestra mirada, siempre hay una decisión, y nuestra personalidad, determina nuestra mirada.
Suena a trabalenguas, pero en realidad es bastante simple. Si nos entrenamos a enfocarnos en lo positivo de las cosas, nuestra personalidad, nuestro yo, puede convertirse en alguien mucho más positivo. Podemos hacernos fuertes, más flexibles, más generosos, más agradecidos y más concientes si partimos de prestarle atención a qué le prestamos atención y si decidimos bloquear lo que no aporta a nuestra felicidad. Y si decidimos ser personas que quieren ser felices, nuestra atención se dirige hacia la felicidad.
Una vez más, un libro y una roncha regresan a la imagen de espirales ascendentes que ya postié varias veces en este blog. Mientras más explora uno estos temas, más descubre que todos los caminos llevan a Roma, y que un yogi puede haber descubierto lo mismo que un jugador de ajedrez si llegó a disfrutar de estar en el momento presente.
Si el enfoque nos puede abrir la puerta a ser más felices, el secreto está en trabajar día a día, hora a hora, roncha por roncha, hasta que los músculos de la mente aprendan a caminar hacia días con sol en piloto automático. Sin paciencia, estamos fritos.
Monday, January 2, 2012
Una vida, muchos maestros
Cuando uno abre los ojos descubre que todo es aprendizaje. Todos son aprendizaje. Uno es aprendizaje.
Hoy decidí empezar el nuevo año nadando, o por lo menos, intentándolo. Iba y venía en largos de 25 metros mientras me daba cuenta que había pasado más tiempo de lo que pensé desde la última vez que nadaba. Mi cuerpo me hizo recordarlo cuando los brazos se iban cansando después de una tercera piscina. Dos carriles más a mi izquierda había un señor nadando. Mentiría si dijera que había percibido que estaba ahí. Pero al parecer, él sí vio mis intentos de nadar con fluidez y decidió intervenir. Me dijo, ¿puedo sugerir algo? Yo abrí la puerta y lo dejé entrar.(Uno sólo aprende cuando quiere. Cuando uno realmente quiere aprender algo, escucha. Esa es una de las lecciones más importantes que el yoga le da a uno a diario.)
Su primer consejo fue sobre mi estilo libre. Me dijo que nadaba con mucho cuidado, casi como si no quisiera tocar el agua. No sólo metas los dedos. "Mete el codo, el hombro, ponle más intención a cada brazada". Sus consejos, para mí, calaban más allá de una simple lección de natación.
Le hice caso. Desde lejos subió los dos dedos gordos y me puso mi estrellita en la frente. Avancé un par de largos de 25 metros en libre, y pasé a espalda.
Segunda corrección: "mueve los brazos más rápido. Cuando uno está arriba, el otro está abajo". Y así lo hice. Un cambio chiquito hizo una diferencia enorme en mi avanzar. Nuevamente él me hablaba más de la vida que de la natación.
Pasé al estilo pecho. Y desde su carril volvió a intervenir. Con dedicación, me explicó que para nadar pecho no puedo estar nadando mirando siempre al frente. "Hay que sumergir la cabeza como una avestruz, sacarla para avanzar, y volverla a bajar para tomar impulso". Dicho y hecho, avancé mucho más rápido.
Tres lecciones en menos de media hora. Un sólo maestro. Se llamaba Clifford. Un día cualquiera. Tal vez no tan cualquiera por ser el primer día del año luego de haber pasado año nuevo rodeada de otros maestros. El nadador me dio lecciones de cómo avanzar, cómo fluir, cómo invertir energía para ser más efectivo en lo que uno hace. Yo ya venía de recibir lecciones gratis de felicidad por año nuevo y había estado pensando en maestros silenciosos. Fue por eso que a él no lo vi como una interrupción sino como un puente.
No recibí el año nuevo en ningún ashram. Estuve en el Carmen, Chincha. Un nuevo libro que me autoregalé por navidad sobre psicología de la felicidad se quedó en la maletera del carro porque en ese momento las lecciones venían de un niño que corría con una pelota de arriba para abajo en la calle, y de una niña que bailaba marinera con un papel que corté de un cuaderno. Pasé una noche rodeada de gente que parece vivir satisfecha con la vida. Cada uno de ellos, a su manera, era la introducción, el prólogo, el capítulo uno, dos y tres, los pies de pagina y el final feliz de un libro. En el Carmen hay gente que baila desde el corazón, que tiene inteligencia propia en los pies y que te abre los brazos sin contar los centímetros de lo que dan. Hay dientes que sonríen enseñanzas más reales que cualquier libro de autoayuda. Hasta el aire parece tener más oxígeno. Hay pura filosofía de vida escondida detrás de casas de ladrillo y colores simples.
En agradecimiento a ellos, a mi nuevo maestro de natación y vida, y a los que ya se cruzaron por mi vida dejando algo nuevo que aprender desde que comenzó el nuevo año, me gustaría volver a abrir los ojos de Angieland al conocimiento que sale de todos lados y por todas partes. Me gustaría poner en un mismo plano los conocimientos que vienen de un papel, de una charla, del interior de una mirada, de la sombra debajo de una nube o detrás de una puerta. Porque fue detrás de una puertan una casa donde nos quedamos en el Carmen, que alguien había escrito una frase que decía algo como esto:
Al que sabe que no sabe, instrúyelo.
Al que no sabe que sabe, descúbrelo.
Al que sabe que sabe pero no hace alarde de lo que sabe, síguelo.
Creo que cuando uno se da cuenta que todo lo que pasa por el frente es una oportunidad para aprender se da cuenta que la vida es siempre exitosa porque está cargada de aprendizajes. Cuando uno aprende, da gracias. Cuando surge una verdadera gratitud por cualquier piedra en el zapato o persona que no nos da lo que esperamos, regimos el éxito por la calidad de las experiencias que vivimos y no por los resultados. Así nos damos cuenta que uno nunca pierde, y si pierde algo, es algún aprendizaje que se le pasó por el frente por haberse tropezado con la queja, la apatía, la exigencia y la ceguera.
Creo que cuando aprendemos simultáneamente de los libros, de las personas y de la naturaleza finalmente descubrimos que nuestro mejor maestro somos nosotros mismos y que las mismas lecciones nos llegan por distintos caminos y a través de distintos maestros. El maestro es el que hace de la información, una lección, y de las personas, alumnos. Si nos hacemos alumnos de todo y de nosotros mismos, pedaleando desde el ensayo y error, nos sumergimos en un intercambio constante de lecciones, la rutina desaparece y los objetivos dejan de ser objetos estáticos como cuadros que cuelgan de una pared. Todo se hace de tres dimensiones y nosotros vivimos más felices porque aceptamos todo lo vivido como perfecto.
Hoy decidí empezar el nuevo año nadando, o por lo menos, intentándolo. Iba y venía en largos de 25 metros mientras me daba cuenta que había pasado más tiempo de lo que pensé desde la última vez que nadaba. Mi cuerpo me hizo recordarlo cuando los brazos se iban cansando después de una tercera piscina. Dos carriles más a mi izquierda había un señor nadando. Mentiría si dijera que había percibido que estaba ahí. Pero al parecer, él sí vio mis intentos de nadar con fluidez y decidió intervenir. Me dijo, ¿puedo sugerir algo? Yo abrí la puerta y lo dejé entrar.(Uno sólo aprende cuando quiere. Cuando uno realmente quiere aprender algo, escucha. Esa es una de las lecciones más importantes que el yoga le da a uno a diario.)
Su primer consejo fue sobre mi estilo libre. Me dijo que nadaba con mucho cuidado, casi como si no quisiera tocar el agua. No sólo metas los dedos. "Mete el codo, el hombro, ponle más intención a cada brazada". Sus consejos, para mí, calaban más allá de una simple lección de natación.
Le hice caso. Desde lejos subió los dos dedos gordos y me puso mi estrellita en la frente. Avancé un par de largos de 25 metros en libre, y pasé a espalda.
Segunda corrección: "mueve los brazos más rápido. Cuando uno está arriba, el otro está abajo". Y así lo hice. Un cambio chiquito hizo una diferencia enorme en mi avanzar. Nuevamente él me hablaba más de la vida que de la natación.
Pasé al estilo pecho. Y desde su carril volvió a intervenir. Con dedicación, me explicó que para nadar pecho no puedo estar nadando mirando siempre al frente. "Hay que sumergir la cabeza como una avestruz, sacarla para avanzar, y volverla a bajar para tomar impulso". Dicho y hecho, avancé mucho más rápido.
Tres lecciones en menos de media hora. Un sólo maestro. Se llamaba Clifford. Un día cualquiera. Tal vez no tan cualquiera por ser el primer día del año luego de haber pasado año nuevo rodeada de otros maestros. El nadador me dio lecciones de cómo avanzar, cómo fluir, cómo invertir energía para ser más efectivo en lo que uno hace. Yo ya venía de recibir lecciones gratis de felicidad por año nuevo y había estado pensando en maestros silenciosos. Fue por eso que a él no lo vi como una interrupción sino como un puente.
No recibí el año nuevo en ningún ashram. Estuve en el Carmen, Chincha. Un nuevo libro que me autoregalé por navidad sobre psicología de la felicidad se quedó en la maletera del carro porque en ese momento las lecciones venían de un niño que corría con una pelota de arriba para abajo en la calle, y de una niña que bailaba marinera con un papel que corté de un cuaderno. Pasé una noche rodeada de gente que parece vivir satisfecha con la vida. Cada uno de ellos, a su manera, era la introducción, el prólogo, el capítulo uno, dos y tres, los pies de pagina y el final feliz de un libro. En el Carmen hay gente que baila desde el corazón, que tiene inteligencia propia en los pies y que te abre los brazos sin contar los centímetros de lo que dan. Hay dientes que sonríen enseñanzas más reales que cualquier libro de autoayuda. Hasta el aire parece tener más oxígeno. Hay pura filosofía de vida escondida detrás de casas de ladrillo y colores simples.
En agradecimiento a ellos, a mi nuevo maestro de natación y vida, y a los que ya se cruzaron por mi vida dejando algo nuevo que aprender desde que comenzó el nuevo año, me gustaría volver a abrir los ojos de Angieland al conocimiento que sale de todos lados y por todas partes. Me gustaría poner en un mismo plano los conocimientos que vienen de un papel, de una charla, del interior de una mirada, de la sombra debajo de una nube o detrás de una puerta. Porque fue detrás de una puertan una casa donde nos quedamos en el Carmen, que alguien había escrito una frase que decía algo como esto:
Al que sabe que no sabe, instrúyelo.
Al que no sabe que sabe, descúbrelo.
Al que sabe que sabe pero no hace alarde de lo que sabe, síguelo.
Creo que cuando uno se da cuenta que todo lo que pasa por el frente es una oportunidad para aprender se da cuenta que la vida es siempre exitosa porque está cargada de aprendizajes. Cuando uno aprende, da gracias. Cuando surge una verdadera gratitud por cualquier piedra en el zapato o persona que no nos da lo que esperamos, regimos el éxito por la calidad de las experiencias que vivimos y no por los resultados. Así nos damos cuenta que uno nunca pierde, y si pierde algo, es algún aprendizaje que se le pasó por el frente por haberse tropezado con la queja, la apatía, la exigencia y la ceguera.
Creo que cuando aprendemos simultáneamente de los libros, de las personas y de la naturaleza finalmente descubrimos que nuestro mejor maestro somos nosotros mismos y que las mismas lecciones nos llegan por distintos caminos y a través de distintos maestros. El maestro es el que hace de la información, una lección, y de las personas, alumnos. Si nos hacemos alumnos de todo y de nosotros mismos, pedaleando desde el ensayo y error, nos sumergimos en un intercambio constante de lecciones, la rutina desaparece y los objetivos dejan de ser objetos estáticos como cuadros que cuelgan de una pared. Todo se hace de tres dimensiones y nosotros vivimos más felices porque aceptamos todo lo vivido como perfecto.
Sunday, November 20, 2011
Sabores Sutiles
Pasé un año y medio trabajando en mi tesis. Para los que conocen la carrera, la arquitectura (o mejor dicho el proceso de crear arquitectura como muchos otros procesos de creación bajo presión) es intenso y está cargado -creo yo- de mucho drama. En general, la vida no está - pero la cargamos de mucho drama. Nos gustan las montañas rusas, los sube-y-baja, las risas fuertes, las lágrimas a chorros, los apretones de manos y los abrazos con palmadas en la espalda. Nos gustan los sabores intensos, los pasos firmes, los saltos grandes, las caídas dolorosas. Nos gusta el amor y el odio, los extremos, los blancos y los negros. Hay una tendencia en nosotros -disculpen su generalizo- en buscar motos y dejar de lado las hamacas, en treparnos a un carro y olvidar las mecedoras. Nos gustan esas emociones que nos zamaquean, porque alguna película, libro o telenovela nos enseñó que eso es vivir.
"Disfruta el momento. Nadie te quita lo bailado. Arriesga. Entrégalo todo. Corre hasta el último segundo. GOL. Come hasta reventar. Qué importa la resaca de mañana. Una yapita por favor. Te amo. Te odio. Siempre te recordaré. Nunca te voy a perdonar. Si se puede...."
No le quito valor a ninguna de las frases de arriba. Sólo creo que existe una sobredosis de emoción en nuestro planeta.
Siempre buscamos treparnos a un péndulo para saltar de un extremo a otro. Y mientras más estás en el extremo bonito, más rápido pasas al otro. Movimiento constante. Como un charco. Una piedrita puede generar en el agua un sunami. Nos olvidamos que toda emoción es un pensamiento, y como tal, es volátil, cambiante, no tiene raíces, se va volando.
He comenzado a valorar los grises, los puntos medios. The middle path. La palabra SUTIL me tiene fascinada. Por su elegancia, por su humildad, por su silencio y mientras más la pienso y más la escucho, más real me parece dentro de tantas palabras, tantos discursos, tantas opiniones y tanto floro. Lo sutil, es mucho más real que lo extremo. Cada vez me impresionan menos las personas y circunstancias que están hechas para abrir los ojos. El wow. La sorpresa que sale de la torta. El gran final. El ramo gigantesco de flores.
Cada vez, valoro más una sola flor, una mirada un tanto tímida, una situación un tanto incómoda, una música ni muy suave ni muy fuerte, un día con un poco de sol y un poco de nubes, un almuerzo son el sabor justo, sin mucho condimento pero con gotas de limón, una amistad que se construye con el tiempo.
Lo real se mueve en el espectro de lo sutil y en un mundo ligeramente imperceptible. Sólo basta con mirar el mar, el cielo o una montaña. Inmensidades que nunca opacan, sonidos que nunca aturden, silencios que dicen algo de manera suave. Un árbol está en constante movimiento, pero crece de manera tan sútil, que sólo lo notamos con el paso de los años. Las nubes siempre están viajando, pero para verlo, nuestros ojos tienen que parar un rato en el cielo. Y ejemplos como esos, hay miles. Sólo basta con mirar cualquier cosa que no sea construída por el hombre. Una piedra tiene una carga de silencio que no se puede ver en un ladrillo.
Pero las personas lo queremos todo rápido. Lo vivimos todo rápido. Podemos cambiar una sonrisa por una cara larga en una milésima se segundo. Los lunes comienzan muchas vidas nuevas que mueren los martes. Muchas veces somos extranjeros en nuestro propio cuerpo. No nos sentimos lo suficientemente cómodos como para estar y tenemos que estarnos moviendo todo el tiempo. Siempre sacamos la cámara para tomar fotos. Nos sentamos, nos paramos, corremos, saltamos. Nos cuesta estar, ser, observar.
Todo esto podrá sonar tanto incomprensible tal vez, pero no veo otra manera de explicar la belleza de lo sutil porque es un estado que carga mucho misterio. No se puede ver en un segundo. Requiere parar y abrir los ojos, o cerrarlos para escuchar, saborear, respirar. Pero hay muchas sutilezas que componen la vida y que han sido reemplazadas por pensamientos envueltos en papel de regalo.
Hablo de la vida real y no la de sueños y expectativas y promesas. La vida es bonita por su simpleza.
No sé en qué momento decidimos cambiar su naturaleza y llenarla de serpentinas, cuentas y luces de navidad. No sé en qué momento nos dijeron que el corazón debe latir rápido. No sé en qué momento comenzamos a idolatrar la adrenalina. No sé, en qué momento, dejamos de mirar el mar. Pero siempre se puede parar a ver el mar. Una ventaja de la ciudad de Lima.
"Disfruta el momento. Nadie te quita lo bailado. Arriesga. Entrégalo todo. Corre hasta el último segundo. GOL. Come hasta reventar. Qué importa la resaca de mañana. Una yapita por favor. Te amo. Te odio. Siempre te recordaré. Nunca te voy a perdonar. Si se puede...."
No le quito valor a ninguna de las frases de arriba. Sólo creo que existe una sobredosis de emoción en nuestro planeta.
Siempre buscamos treparnos a un péndulo para saltar de un extremo a otro. Y mientras más estás en el extremo bonito, más rápido pasas al otro. Movimiento constante. Como un charco. Una piedrita puede generar en el agua un sunami. Nos olvidamos que toda emoción es un pensamiento, y como tal, es volátil, cambiante, no tiene raíces, se va volando.
He comenzado a valorar los grises, los puntos medios. The middle path. La palabra SUTIL me tiene fascinada. Por su elegancia, por su humildad, por su silencio y mientras más la pienso y más la escucho, más real me parece dentro de tantas palabras, tantos discursos, tantas opiniones y tanto floro. Lo sutil, es mucho más real que lo extremo. Cada vez me impresionan menos las personas y circunstancias que están hechas para abrir los ojos. El wow. La sorpresa que sale de la torta. El gran final. El ramo gigantesco de flores.
Cada vez, valoro más una sola flor, una mirada un tanto tímida, una situación un tanto incómoda, una música ni muy suave ni muy fuerte, un día con un poco de sol y un poco de nubes, un almuerzo son el sabor justo, sin mucho condimento pero con gotas de limón, una amistad que se construye con el tiempo.
Lo real se mueve en el espectro de lo sutil y en un mundo ligeramente imperceptible. Sólo basta con mirar el mar, el cielo o una montaña. Inmensidades que nunca opacan, sonidos que nunca aturden, silencios que dicen algo de manera suave. Un árbol está en constante movimiento, pero crece de manera tan sútil, que sólo lo notamos con el paso de los años. Las nubes siempre están viajando, pero para verlo, nuestros ojos tienen que parar un rato en el cielo. Y ejemplos como esos, hay miles. Sólo basta con mirar cualquier cosa que no sea construída por el hombre. Una piedra tiene una carga de silencio que no se puede ver en un ladrillo.
Pero las personas lo queremos todo rápido. Lo vivimos todo rápido. Podemos cambiar una sonrisa por una cara larga en una milésima se segundo. Los lunes comienzan muchas vidas nuevas que mueren los martes. Muchas veces somos extranjeros en nuestro propio cuerpo. No nos sentimos lo suficientemente cómodos como para estar y tenemos que estarnos moviendo todo el tiempo. Siempre sacamos la cámara para tomar fotos. Nos sentamos, nos paramos, corremos, saltamos. Nos cuesta estar, ser, observar.
Todo esto podrá sonar tanto incomprensible tal vez, pero no veo otra manera de explicar la belleza de lo sutil porque es un estado que carga mucho misterio. No se puede ver en un segundo. Requiere parar y abrir los ojos, o cerrarlos para escuchar, saborear, respirar. Pero hay muchas sutilezas que componen la vida y que han sido reemplazadas por pensamientos envueltos en papel de regalo.
Hablo de la vida real y no la de sueños y expectativas y promesas. La vida es bonita por su simpleza.
No sé en qué momento decidimos cambiar su naturaleza y llenarla de serpentinas, cuentas y luces de navidad. No sé en qué momento nos dijeron que el corazón debe latir rápido. No sé en qué momento comenzamos a idolatrar la adrenalina. No sé, en qué momento, dejamos de mirar el mar. Pero siempre se puede parar a ver el mar. Una ventaja de la ciudad de Lima.
Subscribe to:
Posts (Atom)
